La crisis de la investigación universitaria en el Perú: entre el copiar, el cumplir y el pensar
Investigar ya no es, para muchos estudiantes, un proceso de búsqueda intelectual, sino una exigencia académica que debe resolverse de la manera más rápida posible. El objetivo no es comprender un problema, sino cumplir con un requisito, obtener una nota y continuar. En ese tránsito, el pensamiento crítico queda relegado.
De la universidad lectora a la universidad del trámite
Durante muchos años, la formación universitaria estuvo estrechamente vinculada a la lectura. Las bibliotecas —universitarias, especializadas, incluso públicas— eran espacios habituales de estudio. No solo se acudía a buscar libros, sino a aprender a leer académicamente, a contrastar autores, a reconocer posturas teóricas distintas.
Hoy, ese vínculo se ha debilitado. Las bibliotecas existen, los fondos bibliográficos siguen ahí, pero su uso es cada vez menor. En muchos casos, el estudiante egresa sin haber desarrollado un verdadero hábito de consulta bibliográfica profunda. La lectura se fragmenta, se reduce a extractos, a resúmenes rápidos, a información descontextualizada.
Este cambio no es responsabilidad exclusiva del estudiante. Responde también a:
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cargas académicas excesivas,
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currículos saturados de cursos operativos,
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evaluaciones centradas en el producto final y no en el proceso,
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y una cultura educativa que prioriza la inmediatez.
Copiar no es el problema central: no pensar sí lo es
En el discurso académico suele señalarse el plagio como el gran enemigo de la investigación. Sin embargo, en la práctica, el problema es más profundo. El verdadero riesgo no es copiar, sino no comprender lo que se copia.
En el contexto actual, muchos trabajos universitarios son construcciones de fragmentos: párrafos tomados de distintas fuentes, textos generados por herramientas digitales, reformulaciones superficiales. El estudiante cumple con entregar, pero no necesariamente sabe explicar lo que ha escrito.
La investigación se convierte así en una actividad mecánica. El acto intelectual —analizar, interpretar, problematizar— es reemplazado por la simple acumulación de información. El conocimiento deja de ser construido y pasa a ser ensamblado.
Cumplir antes que comprender: una lógica instalada
En muchas universidades peruanas, el sistema de evaluación refuerza esta lógica. Se califica el formato, la extensión, la estructura, pero no siempre la profundidad del análisis. Se exige citar, pero no necesariamente argumentar. Se solicita un marco teórico, pero no se discute su coherencia.
El resultado es previsible: trabajos que existen solo para ser entregados, investigaciones que no dialogan con la realidad, textos que no generan impacto ni reflexión. El estudiante aprende que investigar es cumplir con una consigna, no un ejercicio de pensamiento.
El abandono de la biblioteca como síntoma cultural
El progresivo abandono de las bibliotecas no puede entenderse únicamente como una consecuencia del avance tecnológico o de la digitalización del conocimiento. En realidad, constituye un síntoma cultural más profundo, vinculado a la manera en que hoy se concibe el aprendizaje, el esfuerzo intelectual y el valor del conocimiento en la sociedad contemporánea, particularmente en el contexto universitario peruano.
Durante décadas, la biblioteca fue el espacio central de formación académica. No solo era un lugar físico para consultar libros, sino también un espacio simbólico de disciplina intelectual, de silencio reflexivo y de encuentro con el pensamiento de otros autores. Acudir a una biblioteca implicaba tiempo, paciencia, selección de fuentes, lectura comprensiva y, sobre todo, un ejercicio constante de pensamiento crítico. Hoy, ese proceso ha sido reemplazado —en muchos casos— por la inmediatez de la búsqueda digital y la respuesta rápida.
En el contexto peruano, este abandono se ha visto acentuado por diversos factores. Por un lado, existe una cultura educativa orientada al cumplimiento, más que a la comprensión profunda. Muchos estudiantes no investigan para aprender, sino para entregar un trabajo, aprobar un curso o cumplir un requisito administrativo. En ese escenario, la biblioteca deja de ser funcional, porque investigar ya no es sinónimo de explorar, contrastar o analizar, sino de resolver rápidamente una tarea.
A ello se suma una percepción extendida —aunque equivocada— de que la información digital sustituye por completo al conocimiento académico riguroso. El acceso inmediato a resúmenes, artículos breves, plataformas de inteligencia artificial o contenidos no verificados ha generado la ilusión de que todo está disponible, sintetizado y listo para usar, cuando en realidad lo que se ofrece, muchas veces, son fragmentos descontextualizados del saber. La biblioteca, en cambio, exige un esfuerzo mayor: leer textos extensos, comprender marcos teóricos, reconocer posturas contrapuestas y construir una posición propia.
Otro elemento relevante es la debilitación del hábito lector. El abandono de la biblioteca no es solo un problema de infraestructura o de acceso, sino también de práctica cultural. Leer libros académicos, revistas especializadas o textos clásicos demanda concentración sostenida, algo que se ha ido perdiendo frente a la lógica de la rapidez, el consumo fragmentado de información y la sobreestimulación digital. En ese sentido, la biblioteca se vuelve incómoda para una generación acostumbrada a la inmediatez.
Además, no puede ignorarse que muchas bibliotecas universitarias en el país han quedado relegadas en términos de actualización, promoción y mediación pedagógica. Cuando la biblioteca no se integra activamente al proceso de enseñanza-aprendizaje, sino que se presenta como un espacio accesorio o meramente decorativo, el estudiante difícilmente la percibirá como un recurso indispensable para su formación académica.
Así, el abandono de la biblioteca no es solo una cuestión de preferencia individual, sino el reflejo de un cambio cultural en la forma de aprender y de investigar. Es el síntoma de una educación que prioriza el resultado inmediato sobre el proceso, la respuesta rápida sobre la reflexión, y la copia funcional sobre la construcción del conocimiento. Recuperar el valor de la biblioteca implica, por tanto, algo más que modernizar espacios: exige revalorizar la investigación como práctica intelectual, devolverle sentido al esfuerzo cognitivo y reconocer que el pensamiento crítico no se produce en automático, sino en el encuentro profundo con las fuentes, los textos y las ideas.
Tecnología e inteligencia artificial: herramientas, no sustitutos
El avance de la tecnología y, en particular, de la inteligencia artificial ha transformado de manera significativa la forma en que los estudiantes acceden a la información y elaboran sus trabajos académicos. Sin embargo, el problema no radica en la existencia de estas herramientas, sino en el uso que se les da y el lugar que ocupan dentro del proceso de investigación. En muchos casos, la tecnología ha dejado de ser un apoyo para convertirse en un sustituto del pensamiento crítico.
En el ámbito universitario peruano, es cada vez más frecuente que la investigación se reduzca a una interacción instrumental con plataformas digitales: se formula una pregunta, se obtiene una respuesta inmediata y se transcribe o adapta el contenido sin un análisis profundo. Esta práctica genera una falsa sensación de dominio del tema, cuando en realidad lo que existe es una dependencia cognitiva de la herramienta. El estudiante deja de preguntar, de dudar y de contrastar, y se limita a aceptar lo que la tecnología le ofrece.
La inteligencia artificial, como ChatGPT u otras plataformas similares, tiene un enorme potencial pedagógico cuando se utiliza correctamente. Puede ayudar a organizar ideas, sugerir enfoques, aclarar conceptos complejos o servir como punto de partida para una investigación. No obstante, no investiga por el estudiante, no reemplaza la lectura de fuentes académicas, ni construye marcos teóricos sólidos por sí sola. Cuando se le asigna ese rol, se distorsiona el sentido mismo de la investigación universitaria.
Uno de los riesgos más visibles es la homogeneización del pensamiento académico. Al depender excesivamente de respuestas generadas por sistemas automatizados, los trabajos tienden a parecerse entre sí, pierden originalidad y repiten estructuras, conceptos y enfoques similares. Esto empobrece el debate académico y limita la capacidad del estudiante para desarrollar una voz propia, una postura argumentativa y un criterio personal.
Además, el uso acrítico de la inteligencia artificial debilita habilidades fundamentales para la formación profesional, como la capacidad de análisis, la argumentación escrita, la síntesis de información y la evaluación de fuentes. Estas competencias no se desarrollan con respuestas inmediatas, sino con procesos lentos, reflexivos y, muchas veces, incómodos. La investigación exige tolerar la incertidumbre, revisar textos complejos y reformular ideas, aspectos que no pueden delegarse a una herramienta tecnológica.
En el contexto peruano, donde ya existen desafíos estructurales en la formación investigativa, el uso indiscriminado de la inteligencia artificial puede profundizar brechas educativas. Los estudiantes que no cuentan con una base sólida en metodología de la investigación corren el riesgo de confundir asistencia tecnológica con conocimiento real, debilitando aún más la calidad académica de sus trabajos y su formación profesional.
Por ello, es fundamental replantear la relación entre tecnología, inteligencia artificial e investigación. Estas herramientas deben concebirse como aliadas estratégicas, no como atajos. Su valor está en complementar el proceso investigativo, no en reemplazarlo. Utilizar tecnología de manera ética y reflexiva implica saber cuándo recurrir a ella y, sobre todo, cuándo detenerse a pensar, leer y contrastar por cuenta propia.
En definitiva, la tecnología puede acelerar procesos, pero no puede reemplazar la reflexión, ni la construcción crítica del conocimiento. La investigación universitaria requiere criterio, responsabilidad intelectual y compromiso con el aprendizaje. Sin estos elementos, ninguna herramienta —por avanzada que sea— puede garantizar una formación académica sólida ni un verdadero desarrollo del pensamiento crítico.
¿Cómo incentivar una investigación más reflexiva en el contexto peruano?
Reflexión final
La investigación universitaria en el Perú no está en crisis por falta de información, sino por la pérdida del sentido de pensar. Entre copiar, cumplir y pensar, el sistema ha privilegiado las dos primeras opciones. La investigación reflexiva no se recupera con discursos moralistas ni con sanciones. Se construye cuando el sistema educativo enseña a pensar, acompaña el proceso y valora el análisis.
Recuperar la investigación como ejercicio intelectual no es una tarea sencilla ni inmediata. Implica tiempo, voluntad y cambios estructurales. Pero es una tarea necesaria si se quiere formar profesionales capaces de comprender su realidad y aportar a ella de manera crítica y responsable.
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