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domingo, 23 de agosto de 2026

¿50-50 después de tener un bebé?

Cuando hablar de igualdad puede hacernos olvidar la realidad de la maternidad

María Dávalos Ramírez
Psicóloga Infantil
  Infancia y Vínculo Familiar 


Si esperas encontrar aquí una de frases bonitas sobre maternidad, una defensa automática de las mujeres o un discurso de “los hombres son los malos y las mujeres las víctimas”, este artículo probablemente no sea para ti.

Tampoco quiero decirte que una madre tiene que dejar de trabajar, que el padre debe pagar absolutamente todo o que una pareja no puede decidir dividir sus gastos en partes iguales.

La realidad es mucho más compleja.

Lo que quiero hacer aquí es algo diferente:

detenernos a analizar qué significa realmente hablar de un “50-50” cuando una pareja acaba de convertirse en madre y padre.

Porque en redes sociales la expresión parece sencilla.

“Todo debe ser 50-50.”

“Los gastos se dividen 50-50.”

“Las responsabilidades son 50-50.”

“Ambos tienen que aportar lo mismo.”

Suena justo.

Y, en determinadas circunstancias, puede serlo.

El problema aparece cuando convertimos esa fórmula en una regla que debe aplicarse exactamente igual durante todas las etapas de una relación, incluso cuando las circunstancias de las dos personas han cambiado radicalmente.

Porque una pareja puede dividir perfectamente una cena en partes iguales.

Puede dividir el alquiler.

Puede compartir los gastos de un viaje.

Puede decidir que cada uno pague la mitad de determinados gastos.

Pero tener un hijo cambia las condiciones de esa ecuación.

Y no solamente porque ahora hay un bebé.

Cambia porque una de las dos personas ha atravesado —o está atravesando— un proceso biológico que el otro no puede experimentar en su propio cuerpo.

Y eso tiene consecuencias físicas, emocionales, laborales y económicas.


Antes de hablar del 50-50, tenemos que hablar de lo que ocurre con la madre

Empecemos por lo más evidente, aunque muchas veces se olvida:

el embarazo no es simplemente el período previo a convertirse en madre.

Es un proceso fisiológico que transforma el organismo.

Durante el embarazo cambian el sistema cardiovascular, el metabolismo, el sueño, el aparato musculoesquelético y el funcionamiento hormonal. El cuerpo se adapta progresivamente para sostener el embarazo y prepararse para el nacimiento.

Y después llega el parto.

Pero el parto no es el punto en el que termina la exigencia física.

Es el momento en que comienza otra etapa.

La Organización Mundial de la Salud considera las primeras seis semanas después del nacimiento un período crítico para la recuperación física y mental de la madre y para la salud del bebé. Sus recomendaciones incluyen atención para problemas como dolor perineal, congestión mamaria, dificultades con la lactancia, salud mental y recuperación física.

El Colegio Americano de Obstetras y Ginecólogos también señala que el período posparto debe contemplar, entre otros aspectos, recuperación física, sueño, fatiga, alimentación del bebé, bienestar emocional y salud mental.

Esto parece obvio cuando lo leemos así.

Pero cambia completamente la discusión sobre el 50-50.

Porque una mujer que acaba de dar a luz no está simplemente empezando una nueva rutina familiar.

Está recuperándose físicamente mientras comienza a cuidar a un recién nacido.

Y ambas cosas ocurren al mismo tiempo.


El cuerpo no vuelve a su estado anterior porque nació el bebé

Quizá esta sea una de las ideas que más necesitamos incorporar a la conversación.

Cuando nace un bebé, desde afuera puede parecer que el embarazo terminó y que la mujer ya puede volver progresivamente a “la normalidad”.

Pero fisiológicamente no funciona así.

Después del nacimiento se producen cambios importantes en distintos sistemas del organismo. El útero comienza a volver gradualmente a su tamaño previo, se producen ajustes en el volumen de sangre y líquidos y ocurren cambios hormonales rápidos.

La expulsión de la placenta produce, además, una caída importante de hormonas como el estrógeno y la progesterona. Estos cambios participan en la transición hacia la lactancia y en la reorganización fisiológica del posparto.

Esto no significa que las hormonas expliquen por sí solas cómo se siente cada madre.

Sería incorrecto decirlo.

El estado emocional del posparto está influido por muchos factores: sueño, dolor, estrés, apoyo social, antecedentes personales, experiencia del parto, dificultades con la alimentación del bebé y otras circunstancias.

Pero también sería incorrecto decir que “todo está en su cabeza”.

Existe una transición biológica real.

Y eso importa cuando hablamos de lo que una madre puede sostener física y emocionalmente durante esta etapa.


El posparto tampoco significa que todas las madres estén incapacitadas

Aquí quiero hacer una pausa porque este punto es importante.

No todas las mujeres viven el posparto de la misma manera.

Hay madres que se recuperan rápidamente.

Hay mujeres que continúan trabajando.

Hay quienes tienen ayuda.

Hay quienes no amamantan.

Hay quienes tienen partos sin complicaciones y quienes enfrentan cesáreas, hemorragias, infecciones, dolor persistente, dificultades con el suelo pélvico u otras situaciones.

Por eso no podemos decir:

“Después de tener un bebé, ninguna mujer puede trabajar.”

Eso no está sustentado.

Lo que sí podemos decir es algo diferente:

no podemos asumir que todas las mujeres tendrán la misma capacidad laboral inmediatamente después del embarazo y el parto, ni que trabajar tendrá el mismo costo para todas.

Y justamente por eso existen mecanismos de protección de la maternidad.

En Perú, por ejemplo, la licencia por maternidad contempla actualmente 98 días: 49 de descanso prenatal y 49 de descanso postnatal. EsSalud señala además que el subsidio por maternidad busca compensar el lucro cesante producido por el alumbramiento y las necesidades de cuidado del recién nacido.

Pensemos un momento en lo que esto significa.

Si incluso el sistema de protección laboral reconoce que existe un período en el que la maternidad afecta temporalmente la capacidad de trabajar y genera una necesidad específica de protección económica, ¿por qué dentro de una pareja deberíamos actuar como si esa realidad no existiera?

No significa que el padre tenga que convertirse automáticamente en el único proveedor.

Significa que la economía familiar también debe adaptarse a una nueva realidad.


Y aquí llegamos al punto que muchas veces se pierde cuando hablamos de “50-50”

Supongamos que antes del embarazo ambos trabajaban y ganaban cantidades similares.

Dividían el alquiler.

Dividían las compras.

Dividían las salidas.

Cada uno pagaba aproximadamente la mitad.

Todo bien.

Pero llega el embarazo.

Después llega el parto.

Y después aparece la licencia de maternidad.

La madre deja temporalmente de trabajar o reduce su actividad.

Tal vez pierde ingresos.

Tal vez tiene un negocio propio que no puede mantener al mismo ritmo.

Tal vez trabaja de manera independiente y simplemente dejar de trabajar significa dejar de cobrar.

Tal vez quiere continuar trabajando, pero necesita reducir sus horas.

Tal vez tiene que elegir un trabajo más flexible aunque pague menos.

Tal vez, después del nacimiento, es ella quien asume buena parte de los cuidados porque la lactancia, el sueño del bebé o las circunstancias familiares hacen que sea difícil delegarlos.

Entonces aparece alguien diciendo:

“Pero nosotros somos 50-50. Tú pagas tu mitad y yo pago la mía.”

Aquí es donde necesitamos detenernos.

Porque 50-50 de los gastos no necesariamente significa 50-50 de las condiciones que permiten generar esos ingresos.

Y esa diferencia es enorme.


El dinero no aparece separado de las circunstancias que lo producen

A veces hablamos de los ingresos como si fueran una característica fija de cada persona.

“Ella gana esto.”

“Él gana aquello.”

“Entonces cada uno paga la mitad.”

Pero los ingresos dependen también del tiempo disponible, de las oportunidades laborales, de las interrupciones de carrera, de las horas trabajadas y de las responsabilidades familiares.

Y la investigación sobre maternidad y empleo lleva años mostrando que la llegada de los hijos puede tener consecuencias económicas diferentes para madres y padres.

Una revisión de estudios encontró una llamada “penalización de la maternidad”: las madres tienden a presentar menores ingresos que mujeres comparables sin hijos, y una parte de esa diferencia se relaciona con interrupciones laborales y cambios hacia trabajos que pueden ser más compatibles con las responsabilidades familiares.

En América Latina, otro estudio que incluyó datos de Perú encontró penalizaciones salariales asociadas a la maternidad en los países analizados, y señaló que la informalidad laboral es uno de los mecanismos que contribuyen a estas diferencias.

Esto no significa que toda madre pierda ingresos.

Tampoco significa que todo padre aumente sus ingresos.

Significa que la llegada de un hijo puede tener consecuencias laborales y económicas distintas para hombres y mujeres.

Y por eso, cuando una pareja utiliza el 50-50 económico como una regla rígida, puede estar ignorando una parte importante de la realidad.


En Perú, además, existe una realidad que no podemos ignorar: el trabajo no remunerado

Aquí tenemos un dato particularmente importante para nuestra sociedad.

La Encuesta Nacional de Uso del Tiempo 2024 del INEI muestra que, durante un día de semana, las mujeres dedican en promedio:

3 horas y 35 minutos al trabajo doméstico no remunerado, frente a 1 hora y 37 minutos de los hombres.

Y dedican:

2 horas y 57 minutos al cuidado no remunerado de miembros del hogar, frente a 1 hora y 38 minutos de los hombres.

No estamos hablando de una opinión.

Estamos hablando de tiempo.

Tiempo que una persona dedica a sostener la vida familiar sin recibir un salario por ello.

Y esto es importante porque muchas discusiones económicas dentro de una pareja cuentan el dinero, pero no cuentan el tiempo.

Si una persona reduce su jornada laboral para cuidar a un hijo, su ingreso puede disminuir.

Pero el cuidado que realiza no desaparece.

Simplemente cambia de categoría:

de trabajo remunerado a trabajo no remunerado.

Por eso hay algo que deberíamos preguntarnos más seguido:

¿Estamos dividiendo el dinero en partes iguales mientras una persona está aportando una cantidad mucho mayor de tiempo no remunerado?

Porque si la respuesta es sí, quizá la distribución no sea tan igualitaria como parece.


Pero entonces, ¿la madre debería dejar de trabajar?

No.

Y aquí quiero ser muy clara.

Este artículo no pretende defender que las mujeres deban abandonar el trabajo remunerado después de tener hijos.

Tampoco pretende decir que el hombre debe asumir automáticamente todos los gastos.

Hay madres que quieren continuar trabajando.

Hay familias que necesitan dos ingresos.

Hay mujeres que disfrutan de su profesión.

Hay mujeres que tienen negocios propios.

Hay madres que deciden quedarse en casa durante un tiempo.

Hay otras que no tienen esa posibilidad.

Y todas esas realidades merecen respeto.

El problema aparece cuando una decisión familiar se convierte en una obligación basada en una falsa idea de igualdad:

“Si somos iguales, tienes que seguir aportando exactamente la mitad.”

No.

La igualdad de derechos no exige ignorar las diferencias temporales de una situación.

De hecho, la propia protección de la maternidad parte de reconocer que el embarazo, el parto y el posparto requieren protección específica.

La Organización Internacional del Trabajo establece como estándar una licencia de maternidad de al menos 14 semanas y recomienda avanzar hacia al menos 18 semanas. Además, contempla protección frente a trabajos perjudiciales durante el embarazo o la lactancia y medidas para facilitar la continuidad de la lactancia.

La OMS, por su parte, recomienda al menos 18 semanas de licencia de maternidad remunerada y, preferiblemente, más de seis meses, junto con pausas para amamantar o extraer leche y opciones flexibles de reincorporación laboral.

¿Por qué existen estas recomendaciones?

Porque la maternidad no se considera simplemente una elección privada que no debería producir ninguna modificación temporal en la vida laboral.

Tiene implicancias de salud.

Tiene implicancias familiares.

Tiene implicancias económicas.

Y tiene implicancias sociales.


Entonces, ¿dónde entra el padre?

En un lugar fundamental.

Porque reconocer que la maternidad tiene una carga física específica no significa liberar al padre de su responsabilidad.

Al contrario.

Si la madre está atravesando una etapa en la que su cuerpo, su tiempo y su capacidad laboral pueden estar temporalmente comprometidos, el padre puede asumir una parte mayor de otras responsabilidades.

Y aquí la corresponsabilidad adquiere un significado mucho más profundo.

No se trata solamente de:

“Yo cambio pañales.”

Se trata de:

“Yo también soy responsable de que esta familia funcione.”

Eso incluye cuidar al bebé.

Cuidar la casa.

Organizar.

Planificar.

Comprar.

Cocinar.

Resolver.

Acompañar.

Proteger el descanso.

Participar en las decisiones.

Y, cuando las condiciones económicas lo requieren, sostener económicamente una mayor proporción del hogar durante una etapa determinada.

Eso no convierte al padre en un “héroe”.

Tampoco convierte a la madre en una persona dependiente.

Significa que la pareja está adaptando sus responsabilidades a una etapa concreta de la vida.


¿Y si la madre gana más que el padre?

Aquí aparece otro punto importante.

Si vamos a hablar seriamente de corresponsabilidad, tenemos que aceptar también el escenario inverso.

¿Qué ocurre si la madre gana más?

¿Debe entonces el padre asumir una mayor proporción de los gastos?

Sí, podría ser perfectamente razonable.

Porque la propuesta no es:

“Como la madre es mujer, el hombre debe pagar.”

La propuesta es:

las responsabilidades económicas deberían poder organizarse teniendo en cuenta los ingresos, las circunstancias y las cargas reales de ambos.

Por eso no estoy defendiendo un nuevo 50-50 obligatorio.

Estoy cuestionando precisamente la idea de que una única fórmula sea justa para todas las familias y en todas las etapas.


El 50-50 puede ser justo… hasta que las circunstancias cambian

Esta es quizá la parte que más me interesa que quede clara.

El problema no es el número 50.

El problema es convertirlo en una regla absoluta.

Una pareja puede decidir pagar 50-50.

Puede funcionar.

Puede ser cómodo para ambos.

Puede reflejar adecuadamente sus ingresos y responsabilidades.

Perfecto.

Pero si llega un embarazo, un parto, una recuperación física, una licencia de maternidad, una reducción de jornada, una interrupción laboral o una etapa de cuidados especialmente intensa, la distribución puede necesitar cambiar.

Y cambiar no significa que alguien esté abusando del otro.

Significa que las circunstancias cambiaron.

Una familia no debería necesitar que ambos estén exactamente igual para ser justa.

Necesita que ambos puedan reconocer cuándo uno está cargando más y que exista disposición para redistribuir.


Porque hay una diferencia entre igualdad y equidad

Quizá hayas escuchado estas palabras muchas veces.

Pero aquí vale la pena entenderlas de una manera muy sencilla.

Igualdad puede significar dar exactamente lo mismo.

Equidad implica considerar las circunstancias para alcanzar una distribución justa.

Si dos personas están atravesando exactamente las mismas condiciones, dividir algo en partes iguales puede ser perfectamente justo.

Pero si las condiciones son diferentes, una división matemática puede terminar produciendo una desigualdad real.

Y esto no significa que la mujer deba ser tratada como incapaz.

Significa que la maternidad introduce durante un período concreto unas condiciones que no son idénticas para ambos progenitores.

La pregunta entonces no debería ser:

“¿Quién está haciendo exactamente el 50%?”

Sino:

“¿La manera en que estamos distribuyendo el dinero, el trabajo, el cuidado y el tiempo está teniendo en cuenta la realidad que ambos estamos viviendo?”


Y hay algo más que no deberíamos olvidar: el costo invisible

Cuando una madre deja temporalmente de trabajar, no solamente puede dejar de recibir un salario.

Puede perder oportunidades.

Puede retrasar proyectos.

Puede reducir su experiencia laboral acumulada.

Puede aceptar trabajos con menor remuneración porque ofrecen mayor flexibilidad.

Puede asumir más cuidados y menos horas remuneradas.

La investigación ha documentado precisamente estas diferencias en las trayectorias laborales después de la maternidad. Una revisión de evidencia encontró que parte de la penalización salarial asociada a la maternidad se explica por interrupciones relacionadas con los hijos y por decisiones laborales que permiten compatibilizar empleo y familia.

Por eso, cuando una pareja decide que la madre reducirá temporalmente su trabajo para atender al bebé, esa decisión no debería interpretarse como si ella simplemente hubiera decidido dejar de aportar.

Está aportando de otra manera.

Y la pregunta económica debería ser:

¿Cómo reconocemos y distribuimos justamente ese aporte?


Entonces, ¿puede existir realmente un 50-50?

Después de todo lo anterior, creo que podemos responder con más precisión.

Sí puede existir una distribución 50-50 de determinadas cosas.

Una pareja puede dividir algunos gastos a la mitad.

Puede repartir tareas.

Puede compartir decisiones.

Puede organizarse de manera equilibrada.

Pero no podemos exigir que toda la experiencia de la maternidad y la paternidad sea 50-50.

Porque no lo es.

No lo es durante el embarazo.

No lo es durante el parto.

No lo es durante la recuperación física.

No necesariamente lo es durante la lactancia.

No lo es en la experiencia corporal.

Y tampoco necesariamente lo es en las consecuencias laborales y económicas que puede producir la llegada de un hijo.

Por eso, un 50-50 rígido puede ser injusto cuando se utiliza para ignorar estas diferencias.

Y aquí está la diferencia que considero esencial:

corresponsabilidad sí; simetría obligatoria, no.

La corresponsabilidad significa que ambos son responsables.

La simetría obligatoria significa que ambos tienen que aportar exactamente lo mismo.

No son lo mismo.


Y esto no es un argumento contra los hombres

También quiero decirlo claramente para que este artículo pueda ser leído por un padre, una pareja o alguien que esté preparándose para serlo.

Reconocer la carga específica de la maternidad no significa negar la carga de la paternidad.

Los padres también puedenp experimentar falta de sueño, estrés, presión económica, cambios en su identidad, dificultades emocionales y enormes responsabilidades.

También necesitan apoyo.

También necesitan espacio para construir su vínculo con el bebé.

También tienen derecho a sentirse sobrepasados.

Pero reconocer eso no exige borrar una diferencia biológica que existe.

Podemos reconocer el cansancio de ambos sin fingir que ambos están atravesando exactamente la misma experiencia.

Y quizá ahí es donde una conversación adulta sobre corresponsabilidad puede comenzar.

No desde:

“Los hombres tienen que pagar.”

Ni desde:

“Las mujeres tienen que aportar la mitad.”

Sino desde:

“Tenemos un hijo. Las circunstancias cambiaron. ¿Cómo vamos a reorganizar nuestras responsabilidades para que ambos podamos sostener esta nueva vida sin que uno termine pagando un costo desproporcionado?”


Maternar no debería convertirse en una prueba de resistencia

Mamá, si estás leyendo esto y has sentido que alguien espera que después del nacimiento de tu hijo vuelvas rápidamente a producir, trabajar, cuidar, organizar la casa, atender al bebé y además contribuir económicamente exactamente como antes, quiero que sepas algo:

tu cansancio no es una falla moral.

Tu cuerpo no está fallando porque necesite recuperarse.

Tu necesidad de descanso no significa que seas menos productiva.

Y necesitar apoyo económico, práctico o emocional durante una etapa determinada no significa que hayas dejado de ser independiente.

La maternidad no debería obligarte a demostrar que puedes hacer exactamente lo mismo que hacías antes de tener un hijo.

Y tampoco debería obligarte a cargar sola con el costo de una transformación que, aunque es compartida emocionalmente por la pareja, no es compartida de la misma manera por los cuerpos.


Una última pregunta para las parejas

Quizá después de leer todo esto la pregunta ya no debería ser:

“¿Estamos haciendo 50-50?”

Tal vez deberíamos preguntarnos:

¿Estamos siendo justos con las circunstancias que cada uno está atravesando?

¿Quién está poniendo tiempo?

¿Quién está poniendo ingresos?

¿Quién está poniendo descanso?

¿Quién está asumiendo cuidados?

¿Quién está dejando oportunidades laborales?

¿Quién está pensando en todo lo que necesita el bebé?

¿Quién está sosteniendo emocionalmente a quién?

Y, sobre todo:

¿estamos compartiendo realmente la responsabilidad o solamente estamos intentando repartir las cuentas?

Porque una familia no se sostiene únicamente con dinero.

Se sostiene con tiempo.

Con cuidado.

Con disponibilidad.

Con decisiones.

Con trabajo visible e invisible.

Y también con la capacidad de reconocer que hay etapas en las que una persona puede necesitar más apoyo que la otra.

Eso no destruye la igualdad.

Puede ser, precisamente, una forma mucho más madura de construirla.


Si estás viviendo esta etapa y sientes que amas a tu hijo, pero estás agotada

Quizá llegaste a este artículo buscando argumentos para una discusión.

Quizá eres mamá y querías entender mejor por qué esta etapa te está resultando tan difícil.

Quizá eres papá y nunca habías pensado que la palabra “50-50” podía esconder muchas más cosas que una división de gastos.

O quizá estás atravesando justamente esa conversación con tu pareja.

En cualquiera de esos casos, comprender la situación es un primer paso.

Pero a veces comprender no es suficiente.

Hay madres que necesitan herramientas para manejar la culpa.

Otras necesitan aprender a construir una red de apoyo.

Otras necesitan encontrar una manera de conversar con su pareja.

Y otras necesitan recuperar espacios de conexión con la persona que eran antes de que el cansancio ocupara prácticamente todo.

Por eso creé “Amo a mi hijo, pero estoy agotada”, una colección pensada precisamente para esa parte de la maternidad de la que muchas veces hablamos poco: la experiencia emocional de una madre que ama profundamente a su hijo, pero que también puede sentirse agotada, sobrecargada, sola o desconectada de sí misma.

La colección incluye tres materiales que complementan este acompañamiento:

1. Construyendo tu tribu

Porque no deberías tener que atravesar la maternidad sintiendo que todo depende exclusivamente de ti. Este material busca ayudarte a identificar, construir y utilizar una red de apoyo que realmente pueda sostenerte.

2. El rol protagónico del padre en la crianza

Porque la solución no consiste en que mamá aprenda a pedir ayuda de manera más eficiente.

También necesitamos que el padre pueda comprender su lugar y asumir una participación activa en la crianza, el cuidado y la organización familiar.

3. Microdosis para seguir amándonos

Porque una pareja puede quererse profundamente y, aun así, comenzar a sentirse distante cuando el cansancio, las responsabilidades y la llegada de un hijo ocupan prácticamente todo el espacio.

Este material propone pequeñas acciones para cuidar el vínculo en medio de una etapa que puede ser muy exigente. SI DESEAS ACCEDER A ESTA COLECCION PULSA EN EL SIGUIENTE BOTON DONDE LO ENCONTRARAS A UN PRECIO DE PROMOCION:




Para cerrar

Quizá el problema nunca fue el 50-50.

Quizá el problema aparece cuando creemos que ser justos significa ignorar las diferencias reales entre las personas.

Una pareja puede decidir compartir sus gastos.

Puede decidir que ambos trabajarán.

Puede decidir que uno reducirá temporalmente su jornada.

Puede decidir que uno asumirá más gastos durante un tiempo.

Puede decidir cualquier fórmula que sea sostenible y justa para ambos.

Lo importante es que esa decisión no se construya desde una idea rígida de:

“Si somos iguales, tienes que aportar exactamente lo mismo.”

Porque la igualdad no debería obligarnos a fingir que las circunstancias son iguales cuando no lo son.

Y la corresponsabilidad no debería significar:

“Tú haces tu mitad y yo hago la mía.”

Debería significar:

“Los dos somos responsables de esta familia y vamos a encontrar la manera más justa de sostenerla, incluso cuando nuestras posibilidades no sean idénticas.”

Eso también es cuidar.

Eso también es corresponsabilidad.

Y, sobre todo, eso también es comprender lo que realmente significa maternar.


Fuentes y evidencia para profundizar

  • Organización Mundial de la Salud (OMS), recomendaciones sobre atención materna y neonatal durante el período postnatal.
  • American College of Obstetricians and Gynecologists (ACOG), Optimizing Postpartum Care.
  • EsSalud, información vigente sobre subsidio y descanso por maternidad en Perú.
  • INEI, Encuesta Nacional de Uso del Tiempo (ENUT) 2024.
  • Organización Internacional del Trabajo (OIT), Convenio sobre la protección de la maternidad y Recomendación 191.
  • Cukrowska-Torzewska & Matysiak, metaanálisis sobre la penalización salarial asociada a la maternidad.
  • Villanueva & Lin, investigación sobre penalización salarial de la maternidad en América Latina, incluyendo Perú.

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