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domingo, 17 de abril de 2011

"La verdad de las mentiras"

     
Charo Dávalos R.
Resumen y crítica

        Qué  nos asegura que lo que vivimos, leemos o hemos leído, es verdad. Que aquello que hemos aprendido en los libros de historia , de literatura, de ciencias, resulte algo verdadero, si acaso verosímil. Toda narración de la experiencia, vivida y recreada, nos es ajena a la distancia, vamos, finalmente es construida por otros, interpretada por aquellos que logran observarla.
En círculos literarios se hace patente esta controversia de la veracidad que adquiere la experiencia ajena a partir de creer o no la historia, los anécdotas, los acontecimientos. Quizás de manera más ilustre el ejemplo lo ofrece el libro del escritor peruano Mario Vargas Llosa, “La verdad de las mentiras”; en él, nos hace reflexionar sobre esas experiencias literarias o textuales que remiten a una identidad, una idea de verdad, que sin embargo, son meras especulaciones, situaciones ficticias; recreadas en la mente humana de los autores, en su interpretación y a la vez, en estas posibilidades maravillosas de verdad ante las emociones comunes y los sentimientos siempre cambiantes que evocan.


  Vargas Llosa parte de una remembranza respecto a que, los hispanoamericanos, durante mucho tiempo, leyeron únicamente lo que los inquisidores consideraron que les sería útil, alegando de esta forma, que sólo podían leer aquello no pudiera perjudicarles su salud espiritual. La idea que transmitían, era pues que las “novelas siempre mienten”, que siempre están alejadas de la verdad.  Si bien se estima que las novelas mienten, observamos que ello encuentra su justificación en el uso de la ficción,  la cual permite a los novelistas plantear una realidad que desconocen o aquella a la que no tienen acceso en la vida real.
       Por otro lado, los recuerdos, son para el autor, el estímulo que posibilita dar rienda suelta a su imaginación y fantasía, aunque ello no fuera comprendido por muchos,  -en gran parte de sus novelas-. Estas últimas, pueden embellecer como empeorar la realidad. Su riqueza entonces, depende de la expresión de una necesidad tratada en amplitud. En todo caso, cabe aclarar que sus novelas no hubiesen sido más o menos mentirosas, si sólo se hubiese limitado a describir todo cuanto le sucedió o vivió. Por ello,  lo importante radica en el acto de escribir, lo que constituye el símbolo o alegoría para el lector. Respecto a la ficción, ésta es una alternativa, con la que se puede “ordenar” aquel caos tan evidente de la vida real, produciendo así, efectos psicológicos, pues trabaja con el tiempo de tal forma que se puede vivir el pasado en el presente o cosas afines.
       De esta forma, en las novelas, se puede lograr todo lo que la vida real nos niega, en tanto, la recrea, y en algunas ocasiones, lo hace de manera sutil e incluso brutal, pero fundamentalmente, motiva a que el lector la pueda juzgar y entender.
       En comparación con otros géneros, como lo observable en los libros de historia o reportajes periodísticos, las novelas sí pueden transgredir la verdad,  lo que no pueden realizar bajo ninguna justificación los otros mencionados. La novela es un género amoral, la misma que depende  estrechamente de su habilidad persuasiva y de su fuerza comunicativa. De ahí que se piense que sin ilusión, no hay novela, dado que ella nos permite vivir experiencias que se vuelven nuestras. Por un lado, para quien las fabuló, la ficción  le permite experimentar aquello frustrado; y quien las lee (y las cree además) , las asume como aventuras que requiere su vida.
       En ello radica las verdades que expresan las mentiras. El único testimonio que nos puede brindar las novelas respecto a la sociedad que las produjo, es que nos muestra cómo desearon ser aquellos hombres, y cómo deseaban experimentar sus emociones.
       De la misma forma que existe amoralidad, existe un cierto escepticismo, pues sus fabulaciones proporcionan una especie de refugio, de seguridad. Quizás aquí se encuentre la explicación del porqué los regímenes que aspiraban a controlar totalmente la vida de los otros, vean en las ficciones, el elemento negativo que sólo puede ayudar a los subyugados a ser menos esclavos, pues se les permite con ello, experimentar un cierto rasgo de libertad.
       Se estima además que para todos los escritores, la memoria es el punto de partida de la fantasía o imaginación. Por ese motivo, la literatura se considera hoy por hoy, como “el reino por excelencia de la ambigüedad”, con verdades a medias o mentiras históricas. Lo cierto es que la literatura, es la única que se atreve a contar las verdades que los historiadores no se atreven a contar en sus escritos. Dicho de otro modo, las verdades son escondidas en el corazón de las mentiras humanas. Incluso hay quienes creen -de manera errada-  que la Literatura debe ser objetivamente fiel a la vida y dependiente a lo real, aspecto que por supuesto, no concuerda con los fines de la misma.
       En consecuencia, toda esta ambigüedad, sólo ocurrirá de manera contraria en una sociedad cerrada, por cuanto tanto la ficción como la historia, han dejado de ser distintas. El término cerrada, supone que los hombres también aspiran a gobernar su propia fantasía, sus sueños y su memoria.  La sociedad, por tanto, se impregna de ficción, pues se inventa y reinventa todo lo ortodoxo y lo contemporáneo, claro está, que con ciertos parámetros, que sólo lo faculta la censura, a fin de no ensombrecer lo que la historia oficial divulgue.

CONCLUSIONES
Las mentiras de las novelas, llenan la insuficiencia de la vida.
Las novelas no cumplen servicio alguno, aunque la ficción que encontramos en ellas, representa todo un arte de las sociedades que en algún momento atraviesan por determinadas crisis.  Esto revela la necesidad de creer en algo.
Gracias a la imaginación, somos más y somos otros sin dejar de ser los mismos.
Al hombre no sólo le son suficientes las verdades, sino también le hacen falta mentiras, que por supuesto, surjan de su inventiva libre, y no de aquella que le es impuesta.
La literatura alimenta nuestra vida de eso que no podemos tocar o que nos es negado, pero que a su vez, es precioso, pues ello lo “vivimos de a mentiras”.
La ficción es una manera de reafirmar nuestra soberanía individual,  haciendo prevalecer un espacio propio de libertad.
Si por un lado, las verdades nos permiten conocer lo que fuimos o seremos como colectividad humana, por otro, con la fantasía, podemos conocer lo que somos como individuos y lo que quisimos ser y que por tanto es frustrado.  

COMENTARIO CRÍTICO
   La lectura nos plantea un aspecto, que no suele ser muy claro para algunos, pues una situación ambigua como Verdad y Mentira, sugiere fundamentalmente, hasta qué punto puede llegar a depender una de la otra. La Literatura, si bien es cierto, motiva comentarios, como que “en ella sólo se habla de irrealidades”, de “cosas que no existen”, de “ficciones”, pero creo que no podemos negar el hecho, que gracias a su carácter, es que muchos podemos transmitir lo que queramos, situarnos en el tiempo que se desee, o simplemente cumplir con todo lo que ansiamos en algún momento. Comparto la inquietud del autor, respecto a que las “mentiras” de la novela, no son otra cosas que “verdades”, pues se usa la ficción, como disfraz de todo lo que llevamos dentro, y que por múltiples motivos, no logramos exponer a los demás.   

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