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miércoles, 13 de abril de 2011

Manifestaciones culturales andinas en el Perú

MANIFESTACIONES CULTURALES ANDINAS EN EL PERÚ
Charo Dávalos R.

           Frente a las manifestaciones culturales, la catalogación de las mismas en el rubro de formas de folklores ha sido el argumento suficiente para descartarlas como variables de continuidad. Algunos postulan que estas expresiones dadas en el ritual, en el arte y en los comportamientos cotidianos desde el amor hasta la cultura material, son formas de una permanente relectura de la cultura impuesta por la sociedad dominante como indispensable para la civilización de los otros.


          Esas formas de relectura implicó e implica manifestaciones cotidianas de resistencia o administración táctica de los dominados de las estrategias de dominio y alienación impuestas por los extranjeros poderosos, frente a los que se ha desarrollado una cultura del nosotros. Cabe señalar que la “modernización” en muchos casos como integración ha partido de los propios campesinos que han ido haciendo suyas las manifestaciones de una nueva cultura mestiza, más de las políticas aplicadas por los gobiernos que algunas veces han tendido al “genocidio cultural y material interno”.
Con dicho antecedente, deseamos exponer como producto de las revisiones bibliográficas, aspectos importantes que comprende determinadas manifestaciones culturales, que como veremos, constituyen una “continuidad” de lo que consolidó la identidad del poblador andino.
El arte Verbal o Literario
          La Literatura Andina, por tanto, es aquella que ha efectuado y efectúa el hombre en el Perú, básicamente utilizando los lenguajes aborígenes (quechua, aymara y los de las etnias selvicolas). Debe reconocerse que, la Literatura Andina, con su parte más importante que es el quechua; con la llegada de los españoles en 1532, no se interrumpió. Aún hoy en día, encontramos diversidad de manifestaciones. Entre sus características tenemos:
·            Fundamentalmente es oral.- A pesar de existir la escritura, la literatura Andina, casi siempre es hablada (puesto que sus piezas escritas son escasas). Primero, porque la población nativa en el Perú, en su gran mayoría, es analfabeta (no sabe leer ni escribir). Y, segundo, por ser una Literatura indebidamente marginada y preferida tanto por los circulas oficiales del país, como por las editoriales que al buscar las ganancias, imprimirán libros en español para un mercado, como el peruano, que mayoritariamente, habla y lee en español (Méndez, 1991, p.165).
·            Se mantiene de generación en generación.- Si fundamentalmente, tiene un carácter oral, su manera de pervivir estriba por consecuencia, en que se transmite de padres a hijos, y de estos a los suyos. Por cierto que, esta característica tiene una gran debilidad, y consiste en que la temática, las figuras literarias, con el tiempo, tienden a desdibujarse, y lo que es peor, a olvidarse. Cuántos mitos, cuentos, leyendas, poesías y canciones, se habrán perdido en los recovecos del olvido, como que actualmente, se siguen perdiendo. De ahí que, urge realizar una tarea de largo aliento, para recopilar sus expresiones, a efecto de escribirlas y publicarlas; y de este modo, salvarlas de su posible olvido.
·            Generalmente es anónima.- Esto no excluye que de vez en vez, nos encontremos con autores. Tal el caso de José María Arguedas (cuando escribe en quechua)
          Edmundo Bendezú Aybar (1980) en  “Literatura Quechua”, refiere que el hombre andino con la llegada del siglo XIX, nunca dejó de cantar en su intimidad lo que había aprendido de sus antepasados, aunque mucho había olvidado, siguió creando su arte verbal sobre las formas aprendidas, y ejercitando su memoria dentro de los esquemas  de composición poética y narrativa, altamente formular y repetitiva, y con un ritmo que evitaba los olvidos. Sin embargo, la ausencia de un eje rector, de un aparato oficial de difusión, el debilitamiento de la lengua general por el fortalecimiento de las formas dialectales, produjo la fragmentación de las formas literarias originales; grandes zonas se hispanizaron lingüísticamente en el norte y en el centro del país, aunque conservaran fuertes rasgos autóctonos en otros aspectos.
          Pero principalmente en el sur, las viejas formas que habían nacido de la tierra misma renacieron y se fortalecieron, se incorporaron nuevos elementos musicales y temáticos de la cultura extranjera; todo este proceso ocurre mayormente en las zonas rurales de los Andes, en donde la fisonomía del campo se había alterado con la introducción de nuevos elementos que se incorporaron en el cantar del campesino, claro que en su raíz ancestral, permanecía extraordinariamente intacta. De esta manera, las fiestas católicas tomaron el lugar de las que se celebraban en el incario, el ritual en lo esencial era el mismo, como la fiesta de Santiago en la Hoya del Mantaro, con sus ofrendas a los dioses de las montañas.
          Se había pues sobrevivido en una escala cultural casi total, en las estructuras fundamentales, aunque las formas de explotación heredadas seguían destruyendo, y en muchos casos se habían agudizado a extremos aniquiladores, por la voracidad de la clase terrateniente y por la fuerza de las armas de un estado militar.
          No se sabe exactamente en qué momento se inició lo que denominamos el “período moderno”, pues no coincide necesariamente con la instauración de la república, dado que el sistema colonial sólo cambió de manos, aunque muchas de las ataduras se aflojaron; ni tampoco coincide con la instalación de ninguna modernidad en el sentido europeo (Bonilla, 1990, p.204).  Como aguas subterráneas, la poesía, la narrativa, el teatro, los mitos quechuas empiezan a brotar de manantiales incesantes, trayendo su propia modernidad en sus aguas turbulentas, que no es otra cosa que una lucha tenaz por imponer una identidad cultural que, en verdad nunca había muerto, contra las fuerzas reaccionarias que empezaron desde la colonia y continuaron hasta la etapa contemporánea.
          De acuerdo a lo que hemos podido revisar respecto al material de investigación, el siglo XIX significó una especie de trance cultural para el indígena, pues toda expresión estuvo severamente “obstaculizada” por quienes tenían el dominio y control, además, esto significó que para ellos, lo primero era tener y disponer del poblador andino en los centros de reclutamiento para la guerra, o disponer del andino para la contribución individual, por cuanto un buen porcentaje de las rentas del estado dependían hasta antes de la guerra, de dicha tributación injusta.
          Un aspecto que nos llamó la atención , es que el siglo pasado, el indigenismo en sus modos más exaltados de defensa y reivindicación del indio, fue una obvia aceptación de la arrolladora fuerza de su cultura, pero también una aceptación de lo hispánico, en su misma exaltación, para negarlo o tratar de mezclarlo en un utópico mestizaje cultural. Y como señala Bendezú (1980):
                   El que se sabe culturalmente indígena no necesita ser indigenista; y esto ya no es un asunto racial, basta mirarnos las caras para restarle toda importancia. El descubrimiento del indio por los intelectuales tiene mucho que ver con el descubrimiento de su soterrado arte verbal, y esto, sin distinciones hispánicas ni indigenistas, porque en ambos lados se hizo meritoria labor. (Introducción).
          Bendezú (1980) agrega además, que de este hecho partieron algunos escritores peruanos a la búsqueda de raíces más profundas y auténticas, aquellas que pudieran explicar el destino cultural de toda una nación, sin entregarse a vanos ejercicios regionalistas ni provincialistas. Tenemos por ejemplo a escritores que de alguna forma no sólo se sensibilizaron ante la situación indígena, sino que también vivieron aquellas limitaciones y estado de marginación. Si bien, nuestro deseo es el resaltar las características propias del arte verbal  del indígena en el siglo pasado, no podemos evitar el efectuar un comentario que en realidad se encuentra íntimamente relacionado con el presente acápite.
          Una escritora cusqueña, -que vivió junto a su esposo inglés- en medios campesinos, es una digna representante de la literatura andina, por cuanto no sólo vio de lejos el problema, sino que también los palpó en carne propia. Ella es Clorinda Matto de Turner, (1854-1909) quien levantó con la novela su voz de acusación y protesta en favor de la raza aborigen, iniciando de este modo en el Perú la literatura indigenista.
          Discípula y admiradora de Ricardo Palma, escribió igualmente tradiciones de matiz cáustico, más que festivo, sobre personajes y sucesos de la colonia, y de la situación de ese entonces. Escribió de este modo, una de las novelas más singulares del realismo hispanoamericano: “Aves sin Nido”, la misma que revela el credo antiesclavista de los aborígenes del Cusco. 
          Clorinda además revela desde sus páginas novelescas su anticlericalismo motivada con emoción encendida sobre nuestra serranía, muestra escenas de inmoralidad del clero, engaños ignominiosos que van a ejemplificar su apostolado en defensa del indio. “Aves sin nido” es un alegato metafórico en favor del indio peruano. Novela indigenista de tesis, que por su brecha novelesca de afirmación social, se puede comparar con la nivela de Enriqueta B. Stowe La cabaña del Tío Tom. En efecto, la novela de Matto de Turner está inspirada en la prédica de González Prada, que gobernaban en la sierra del Perú a fines del siglo XIX.
          De este modo, el indígena no sólo canalizó a través de su arte verbal su propia percepción del mundo y de sus remembranzas, sino que también otros vieron en él fuente de inspiración. Por otro lado, es importante señalar que si por un lado el indio era analfabeto, ello no le restó riqueza en sus tradiciones orales, únicos vehículos, pero lo suficientemente sólidos como para poder preservar después de tantos siglos la amplitud de su dominio cultural.
Dos aspectos debemos precisar también. El primero, alude a la poesía quechua contemporánea, la cual tiene códigos propios y ya no más ese carácter colectivo, anónimo y oral de los inicios, cuando estaba conformada por plegarias e himnos. Si bien la poesía ancestral exaltaba preferentemente la gesta de los dioses fundadores, la que se hizo durante la Colonia tuvo un carácter marcadamente religioso: oraciones, plegarias y cánticos que, en su mayoría, eran traducciones del devocionario católico.
Contemporáneamente, la luminosa personalidad de José María Arguedas confinó al limbo a muchos escritores quechuas que, sin embargo, alcanzaron a realizar una obra notable. El cusqueño Kilku Warak'a (seudónimo de Andrés Alencastre) es uno de los escritores más sobresalientes de la lengua quechua. En 1999, después de medio siglo de su publicación en quechua, Taki Parwa se reeditó en edición bilingüe: quechua-español. Además de Arguedas y Alencastre, la tradición poética peruana escrita en quechua sigue enriqueciéndose con el trabajo de César Augusto Guardia Mayorga, Inocencio Mamani, Faustino Espinoza Navarro, Edmundo Delgado Vivanco, William Hurtado de Mendoza, Macedonio Villafán, Odi Gonzales, entre otros.
Lo segundo se refiere a la Narrativa quechua. Aunque gran parte de la literatura peruana provenga de la tradición oral andina; sin embargo, la producción de una narrativa -escrita en quechua- es muy escasa. En los últimos años no son los escritores sino los antropólogos quienes vienen enriqueciendo esa tradición con el lanzamiento de un nuevo género: El testimonio. Uno de los libros más subyugantes de este género es La autobiografía de Gregorio Condori Mamani, recopilado por los antropólogos Ricardo Valderrama y Carmen Escalante.
Música y danza
          Según las experiencias citadas por Lorente (1967), el poblador andino gusta de:
a)         YARAVÍES.- El nombre de Yaraví, corresponde a las piezas líricas quechuas, la misma que proviene de Haravec o arabicus, nombre que se daba al poeta (o creador) en el Imperio Incaico. Generalmente en el siglo XIX, el yaraví se acompaña de música de quena y charango básicamente. Precisamente Mariano Melgar (1791-1815) supo captar el alma popular a través de esta composición, por eso recibió el nombre de “poeta de los yaravíes” con que por antonomasia se le conoce. Los Yaravíes siempre estuvieron relacionados con la expresión “del dolor del pueblo oprimido”  de su queja  y sentimiento de abandono.
b)         EL HUAYNO.- Que también es una expresión lírica más completa y expresiva ya que une la música, la poesía y la danza, y se caracteriza por la ligereza de su ritmo y su matiz amoroso.
c)         HUALÍAS y otras especies de cánticos.
          En cuanto a las danzas, sabemos a perfección que cada danza está íntimamente relacionada con el lugar o espacio geográfico, sin embargo, se podría considerar de acuerdo con lo narrado por Lorente (1967), que el poblador andino suele bailar la cachua, el huaca fierro, la pirhualla, la huailla, las danzas de los chunchos y otras de movimientos complicados pero vivos. Lo cierto es que cualquiera que sea la variedad de los pasos y de los sonidos, sus danzas y cánticos respiran la más tierna sensibilidad, van como “derechos al corazón” [las comillas son nuestras]. La graciosa cachua recuerda los arrullos de la paloma; la sencilla huaila de la faena, es la expresión más candorosa de la coquetería inocente; es la pastora que huye de los sauces deseando ser vista antes, que juguetea con su amante, lo desespera con su fuga, lo vuelve a animar viniendo tras él cuando cesa de seguirla, y huye de nuevo si otra vez va él en su alcance. De esta manera, las canciones melancólicas que son casi todas, penetran en la “profundidad del alma”.
Por otro lado, Iturriaga / Estenssoro señala que en provincias debió existir una actividad musical intensa, pero apenas se conserva testimonios de ella. Se conoce por ejemplo algunos métodos musicales publicados en la ciudad del Cusco que muestra la preocupación por la enseñanza musical básica y la existencia de cierto mercado para la música.  A  mediados del siglo precedente, algunos rasgos coloniales permanecerán con más fuerza fuera de la capital. Así por ejemplo, en el pueblo de Chincha  existía una sociedad filarmónica que sólo admitía “indios puros”.
El teatro andino                                                         
          A decir de Alencastre (1955),  las piezas teatrales como “Ollantay”, nos sirven de ejemplo, por cuanto nos dan un perfil de la línea de desarrollo dramático que va a coexistir con el masivo intercambio con Europa en que se involucra la capital, desde el siglo XIX. La influencia de Francia e Inglaterra, determinan las modas en América en detrimento de la simple importación de estereotipos españoles. Pero esa competencia tuvo lugar básicamente en Lima. En la sierra peruana, salvo esporádicas acciones en las capitales departamentales, el desarrollo dramático se alimentó de fuerzas locales recurriendo a los temas que les llegaban desde épocas coloniales tempranas.
          En ese sentido, los festivales católicos siguieron siendo uno de los principales escenarios para la representación de bailes, canciones y dramatizaciones andinas. La debilidad creciente del estado español desde el siglo XVII y la poca comprensión del gobierno republicano para con los pueblos serranos, permitió que refluyesen dos corrientes paralelas en el pensamiento andino.
  • De una parte, hubo que despertar de las conciencias étnicas regionales, lento primero, y desatado después, por el que cada pueblo se fue identificando con determinadas formas culturales, desde comidas hasta canciones, recuperando el orgullo local, y creando historias y teogonías antes perdidas.
  • Al mismo tiempo, surge un pensamiento unificador que revitaliza la figura del inca con características mesiánicas. El recuerdo del único estado nativo y la dureza de la vida republicana, fueron factores interdependientes para que esto sucediera.
            Pero al lado de este sentimiento de “amor a la patria chica”, que como sabemos, también se expresa por medio del teatro, nos hemos referido a una perceptible actitud mesiánica, que de manera intermitente se hace visible a través de la cultura popular contemporánea, pero cuyas raíces son bastante más antiguas. En los Andes, dicha actitud está ligada al concepto de Inca, cuyas resonancias históricas se han transformado en esperanza de cambio.  Se está hablando en todo caso, de un conjunto de elementos sintomáticos dispersos en contextos diferentes que confluyen en algunos postulados comunes:
·         La idealización del pasado “que fue mejor”
·         La injusticia de las condiciones sociales de la época.
·         La imposibilidad de identificarse con los gobiernos centrales.
            No siempre se presentan todos los elementos enunciados, ni siquiera en el orden señalado, pero cualquiera de ellos tiende a evocar a los demás. Siendo identificables a través de las formas de expresión cultural que nos son conocidas: canciones, poemas, relatos míticos, danzas, teatro, etc. Entre las formas dramáticas, en que este mensaje se hace más evidente, sobresale el espectáculo conocido desde varios años atrás, como el “Muerte del inca Atahualpa”, que por cierto no constituye una novedad del siglo XIX, sino desde la colonia, específicamente del siglo XVIII y que sigue teniendo mucha aceptación durante el siglo siguiente.
Tradiciones y costumbres de la época           
          A decir de Matos (1988), en la población indígena aún se mantienen una serie de costumbres que derivan de su época inicial. Para desarrollar el presente aspecto, hemos recogido diversos datos sobre lo que muchos “observadores” pudieron  rescatar, y que lo transmiten en sus  trabajos de investigación o narrativas.
v   Creencias          
·         Soñar con un puente o transitar en el, significa separación de alguna persona.
·         Con la comida de pescados, significa una borrachera.
·         Con venados, culebras, perdices, no sucederá lo que se estaba pensando al acostarse.
·         Con halcones o buitres, que se tendrá hijos.
·         Con lanas o redes, asaltará la tristeza.
·         Cuando al salir de casa se tropieza con el pie derecho, se confiesa  el buen éxito de lo que en ese instante se piensa; y no se cree en él cuando se tropieza con el izquierdo. En uno y otro caso, se agujerea con el prendedor el sitio donde se tropezó.
·         Con culebras o grandes mariposas, presagian la muerte, por lo que se les pisotea con el pie izquierdo.
·         Cuando la coca tiene un sabor dulce, es de feliz agüero, en cambio es malo cuando se encuentra amarga.
·         Cuando los amantes eligen entre las mazorcas la sumaraza “maíz hermoso” y otras señales para ver si volverán a anudarse los rotos lazos, la coronta arrojada al aire, si cae con la punta vuelta hacia ellos, manifiesta que los recuerda su dueño; su olvido, cayendo de otro modo, y en este caso, se enfurecen contra la sustancia inanimada como si fuese ella la ingrata.
·         Se consultan también las fuerzas inspeccionando el pulmón de las ovejas y carneros, pero el oráculo más seguro son las respuestas del adivino. Este oráculo ha de decirles dónde están las bestias o animales perdidos, o quien las ha robado; quienes son o qué intentan sus enemigos.
·         También se cree que sólo los secretos del hechicero (chamanes) podrán curar otras enfermedades que fueron efectuadas por otro de ellos que quiso causarles mal intencionado cuando se tomó alguna prenda de la persona a quien quería hacer daño.
·         Hay prácticas para esterilizar los campos del enemigo, y traer fecundidad a sus ganados y plantas. El cavador cría una culebra para que su lampa penetre la tierra sin esfuerzo y se avance permitiendo dar fin en pocas a una tarea doble.
·         El vendedor pone sebo junto a las mercancías para que sean harto crecidas las ganancias; y con el sebo se sahúma el maíz para que no se pudra. También se sahúma la ropa para que dure más y se preserve de enfermedades.
v   Costumbres
          El Ricuchicu que viene del tiempo de los Incas y que en dicho siglo es conocido bajo los nombres de “corte de pelo” “pelo del año” (huata chuccha) es una práctica tan interesante como benéfica. Entre el primero y segundo años se reúnen los padrinos de pila con otros convidados en la casa paterna del niño; a falta de aquella intervienen los que por esta circunstancia se llaman padrinos de pelo. Sean los unos o los otros, aplican por primera vez la tijera a la cabellera del infante, y al mismo tiempo le regalan algunos pesos, los muy generosos le destinan un ternero para que crezca con el ahijado. Imitan al padrino los convidados en el pequeño tijeretazo; pero de ordinario su obsequio no pasa de algunos reales. Estos obsequios son correspondidos con un alegre festín en que abunda la bebida. También se usaba en otro tiempo el rutu chicu, fiesta análoga al corte de pelo, la cual tenía por objeto celebrar la época en que por primera vez experimenta la mujer esa indisposición periódica llamada Menstruación.
          El Bautismo  del indio. Los festines son tan raros en el bautismo de los indios, como frecuentes en el entierro. Por lo común un modo de celebrar la regeneración de sus hijos está reducido a beberse alguna botella de aguardiente entre los parientes y los compadres. Un compadre es un amigo para toda la vida, toma parte en todas sus alegrías, ayuda en el techado de la casa, en el cultivo del campo, en la hierra de las vacas, y en todos los compromisos de honor. La comadre trae la cruz que ha de coronar el edificio, y en ésta como en las demás fiestas de familia, nunca viene sin un obsequio considerable.
          Faenas festivas. El poblador andino gusta de las faenas festivas que le recuerdan los días alegres del Inca. Tanto se entusiasma por la fiesta que el trabajo llega a desaparecer, por lo que inútil es proponer grandes jornales para hacerse de operarios en la época en que trabajándose en común entre danzas y licores, la ruda faena se ha convertido en alegre festín. Las más divertidas en esta clase de faenas son las cofradías (congregación). Hay tierras destinadas al culto del Señor, de la Virgen y de los santos, que se cultivan por los cofrades.
          Cuando llega en ciertos lugares el día de la cosecha, y en donde quiera que hay cofradía, el de siembra, la caja y el pito llaman a los trabajadores ; recorren las calles numerosos grupos con vistosas banderas, y se encaminan al campo precedidos muchas veces del guía. Allí llegan las yuntas adornadas con flores; se labra el terreno en común, y a la caída de la tarde, hora en que se suele concluir la faena, se da principio al banquete. Para eso, cada una de las indígenas ha traído sus dos platos en donde abundan las papas de la calidad más exquisita, los cuyes bien aderezados, los picantes y la chicha, beben y comen todos sin excluir al mendigo, y exaltados los ánimos gustan de los yaravíes y bailes.
          En algunos pueblos se da principio a esta fecha con una práctica, por lo cual suele en ellos tomar el nombre de yupanacui. Antes de sembrar el maíz arrojan la taza en el montón para contar los granos que en ella entran; si entra número impar, es anuncio de buena cosecha, y el que tiró, recibe grandes elogios; más si los granos entrados son pares, se teme mala cosecha, y el que sacó esta suerte, es denotado como un hombre a quien el cielo por sus delitos dio mala mano. La hierra de las vacas es una de las más notables entre las faenas de particulares. No escasean los preparativos, y los compadres procuran excederse unos a otros en el valor de los obsequios. Para asegurar la multiplicación del ganado, se cuida que un hermoso toro cubra a una hembra; unos ricos ponchos sirven de velo a este himeneo, durante el cual los espectadores están mascando coca y bebiendo chicha. Se hace el entierro solemne de orejas y rabos; se bebe la sangre de las vacas, y se dirigen plegarias.
          De acuerdo con Lorente (1967), la más concurrida entre las faenas particulares, es la que tiene lugar en el techado de la casa. En ella se reúne casi todo el pueblo.
                   El techado de la casa es un trabajo de borrachos, y como tal caro y mal ejecutado. Aunque la pieza por techas sea reducidas dimensiones, habremos de preparar una docena de grandes botijas de chicha, algunos odres de aguardiente, una vaca, muchos carneros, pan, papas, y toda clase de comida. (p.63).
          Para el poblador andino son motivos de divertirse la faena y el viaje, la fiesta y el cumpleaños, el bautismo y el entierro, el corte de pelo y el matrimonio, pero no obstante la gran variedad de causas para sus diversiones, ofrecen un carácter común, indefectible; el que principian y acaban con la embriaguez, esta constituye su fondo común, el móvil que las hace desear, todo lo demás es un accesorio de relativa importancia. La corrida de Toros aunque venida de España, se ha popularizado tanto en las costumbres andinas como si hubiese nacido bajo el sagrado régimen de los incas. La aldea como la ciudad tiene para ello su plaza que es, o que está próxima a la de la iglesia. Se cercan las bocacalles con palos, o lo que es más sencillo, con un seto vivo, con pelotones de indios que al acercarse el toro le espantan a palos u a gritos, o si se obstina en saltar la valla viviente, se confunden con él en movimientos difíciles.
          Los mayordomos y capitanes tienen abundante provisión de licores para que no falte el valor de los lidiadores, y también disponen comida para  los que lidian de oficio.  A veces lo visten concierto lujo, prefiriendo el uniforme militar, preparan los rejones y costean juegos y música. Llega la hora deseada, el pueblo se precipita a las entradas de la plaza; y también acuden el tropel los de la puna y los de las poblaciones cercanas. El cuerno da sonidos lúgubres, sonidos de  muerte, y sale la fiera que un instante se señorea del campo. Algunos quieren capearla echando suertes, ya a pie ya a caballo, pero de ordinario no se la deja lucir su bravura, por lo que se precipita la multitud armada de rejones, que unos los llaman “mojarras”. Se tienden en el suelo y allí esperan tranquilos que el toro venga a clavarse, o lo que es más corriente, que salte por encima de ellos, otros procuran elevar el rejón por delante, por detrás y por los costados: el más impetuoso animal vacila ante ruidos y numerosos ataques, por lo que se amedrenta, huye y acosado de todas partes cae cerca de un pelotó implacable que se complace en ensangrentarlo.
          El Duelo. El entierro pudiera llamarse el “banquete de la muerte”. Aún está caliente el cadáver, cuando sólo se piensan en la chicha, el aguardiente y demás preparativos para festejarse los vivos.  Para velar al difunto concurren parientes, amigos, y vecinos con sus velas y licores; a él se le destina su porción que se cree, no será perdida, y los demás comen y beben sin que el cuerpo presente altere su buen humor. Al conducirle al panteón, se marche como para una fiesta; en los entierros de niños se va con danzas y música; y la danza más airosa, la que alza más la voz entre los cantantes, el precisamente la madre. Mientras se cava y cubre la tumba, sigue el baile, la bebida y los cánticos.
          Luego continúa el festín en la casa mortuoria, teniendo en ciertos lugares el cuidado de reservar un plato para el huésped que vendrá del oro mundo a arpear por la noche. Al fin de la semana se renuevan las escenas de embriaguez con motivo de lavar la ropa que sirvió al muerto. En esta ocasión, o en el aniversario se lava a la viuda, y se finge la quema del duelo. Desde entonces no hay por qué conservar un recuerdo triste, sólo se trata de vivir alegremente. Cerca de la montaña y en otros lugares se apresuran a dar a los viudos los consuelos que debía traerles el tiempo. Al margen de lo dicho, se puede observar que el poblador andino piensa poco y habla menos, su taciturnidad y raras meditaciones impiden que se propaguen entre ellos los numerosos errores que cunden en otros pueblos, pero no pueden dejar de preocuparse de sus relaciones diarias con las personas a quienes detestan, o que les interesa vivamente.
          Se les cuenta entre los católicos, porque reciben los sacramentos, aman la pompa del culto, y pagan diezmos y primicias; pero pocos conocen bien la doctrina cristiana; en todo caso, son raros los que han entrado en el espíritu del evangelio. Si bien, las antiguas supersticiones casi han desaparecido de los pueblos litorales, en tanto en la sierra estuvieron poco arraigadas; más que el sentimiento religioso, les domina el amor de funciones que embriagan. Tienen más fe en los santos que el creador del cielo y de la tierra, y sus homenajes apenas aciertan al elevarse a la imagen.
          No falta por supuesto que como en tiempo de los Incas, se dirigen todavía algunos al sol, a las estrellas, al fuego, al trueno, a la tierra, al mar, al espíritu del valle, a la fuente, a la cueva, al genio de la peste, a la chicha, a los útiles de cocina; halagan a los demás seres naturales, e invocan su protección, claman al sol: Padre sol dame vida, a las estrellas, señoras estrellas que sustentáis mis ovejas, multiplicadlas más y mis corderos.
          El Matrimonio. De acuerdo a la tradición andina, el mayor número de matrimonios se debe al concierto, al encierro, a la decisión del cura, y al amancebamiento. Dos padres conciertan  entre sí la unión de sus hijos que no se han tratado nunca, y a veces no se conocen, o se aborrecen. Recordemos que en muchas haciendas, los gamonales a fin de evitar algún tipo de desorden o insubordinación, pues los obligaban a los indígenas desde muy temprana edad. Por tal motivo, los solían encerrar de dos en dos en cuartos que podríamos llamarlos “cuartos matrimoniales”.    Luego que han recibido la bendición nupcial, los esposos se dirigen entre cohetes y repiques a la casa paterna  de la mujer, y se va a celebrar su unión con un festín en que reinan la franqueza, la sencillez y la alegría.
          A decir de Lorente (1967), una vez que han bebido y comido los recién esposos, la comitiva los deja encerrados, y se retiran conversando sencillamente sobre el tierno vástago que el amor producirá esa noche. El festín es seguido en casa de los padres, por la mañana, en donde los esposos se tienen que arrodillar frente a los padrinos para recibir la bendición. Cabe señalar que las mujeres se hallan acostumbradas a los malos tratamientos que apenas aciertan a separarlos de su ternura conyugal. Por eso se les atribuye el dicho significativo: porque me quiere me golpea.
            Lo curioso es que si algún hombre generoso dejándose llevar de una indignación santa se atreve a reprender agriamente al verdugo, en vez de agradecer sus buenos oficios, vuélvese contra él su protegida, y le grita: ¿Y a usted que le importa?. Si me golpea, para eso es mi marido. También se consuelan con esta expresiva sentencia: maipin, chaipin cuyancui: donde hay golpes, allí  hay amor. Alguna vez la mujer  se “transforma en tigre” y responde con feroces arañazos a los golpes sin piedad. Ha habido quien procuró libertarse de su verdugo dándoles yerbas, o aplastándole la cabeza en una loza mientras él dormía.
          De esta manera, una esposa hila lana para sus ponchos, adereza la comida, o prepara la chicha. Las fiestas de la población y las faenas de cofradía entre vecinos, prestan un grato solaz a sus fatigas.

REFERENCIAS
Alencastre, A. (1955). Dramas y comedias del ande: Teatro andino. Cusco: Garcilaso. 119p.
Bendezú, E. (1980). Literatura Quechua. Lima: Biblioteca Ayacucho. 450 p.
Bonilla, H. (1990). Resistencia, rebelión y conciencia campesina en los Andes. IEP. Siglos XVIII al XX. Serie: Historia Andina, 17. Lima. 413 p.
ITURRIAGA, Enrique y Cols. (2007) La música en el Perú. Lima: Fondo Editorial Filarmonía. 210 p.
LORENTE, S. (1967).  Pensamientos sobre el Perú. Lima: Editorial U.N.M.S.M. 84 p.
Martínez, J. (1995). Autoridades en los andes: atributos del Señor. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial.
Matos, R. (1988). Sociedad andina: pasado y presente. Lima: Fomciencias. 234p.
Méndez, C. (1991). “Los campesinos, la independencia y la iniciación de la república. El caso de los iquichanos realistas. Ayacucho 1825-1828”.En: Poder y violencia en los andes. Cusco: Centro de Estudios Regionales andinos Bartolomé de las Casas.  
Regalado, L. (1996). Sucesión Incaica. Lima: Pontificia Universidad Católica del Perú. Fondo Editorial.


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