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martes, 19 de julio de 2011

Género y Sexualidad Humana

Ensayo
Charo Dávalos R.

Introducción
Mucha gente ha estado hablando recientemente acerca de hacer una completa revisión en el modo en que nuestra sociedad piensa sobre la sexualidad y el género. Durante mucho tiempo, las diferencias entre la sexualidad masculina y femenina han sido explicadas en términos de diferencias biológicas, atribuyéndose a los distintos modos de actuación unas causas biológicas de las que dependían los comportamientos de hombres y mujeres. Esta lectura, a todas luces ideológica, útil para mantener conceptos como el carácter masculino o femenino, que servían para legitimar una moral determinada y obligar a las personas a mantenerse dentro de "lo establecido", ha sido sustituida en los últimos tiempos por una propuesta que separa acertadamente sexo y género.
1.         Definición de Género
De acuerdo con Scott (1990), el término Género, se empleó para introducir una noción relacional en nuestro vocabulario analítico, de modo que abarque la experiencia personal y subjetiva, lo mismo que las actividades públicas o políticas. Es decir, algo que implique no sólo la historia de las mujeres, sino una nueva historia. Por consiguiente, de acuerdo a las ideas expuestas por Scott, el Género es una categoría útil para el análisis histórico por los siguientes criterios básicos:

a.- El Género permite descubrir el alcance de los roles sexuales y del simbolismo sexual en las diferentes sociedades y períodos, a fin de encontrar qué significado tuvieron y cómo funcionaron para mantener el orden social o para promover su cambio.
b.- El Género se emplea no sólo para delimitar información de las mujeres, sino también de los hombres, por cuanto se entiende que el mundo de las mujeres es parte del mundo de los hombres creado en él y por él.
c.- El Género se emplea también para designar las relaciones sociales entre sexos, lo cual rechaza las explicaciones únicamente biológicas, y por el contrario, ofrece un modo de diferenciar la práctica sexual de los roles asignados a mujeres y hombres.
d.- El Género permite explicar la persistente desigualdad entre mujeres y hombres.
e.- El Género permite explicar cómo están construidas las relaciones sociales entre sexos, cómo funcionan o cómo cambian (p.3).
Para Teresita De Barbieri (1993),  el género como categoría, surge en la búsqueda de realizar un análisis no sólo de las mujeres, sino de todos los niveles, ámbitos y tiempos de las relaciones mujer-varón, varón-varón, mujer-mujer. Define el sistema sexo-género como
Conjunto de prácticas, símbolos y representaciones, normas y valores sociales que las sociedades elaboran a partir de la diferencia anatomo – fisiológica  y que dan sentido a la satisfacción de los impulsos sexuales, a la reproducción de la especie humana y, en general, a los relacionamientos entre personas (p.147).
          En la definición desarrollada por Rubin (1986) define el sistema sexo-género como:
Conjunto de disposiciones por el cual la materia prima del sexo y la procreación humanos es conformada por la intervención humana y social, y satisfecha en una forma convencional por extrañas que sean algunas de las convenciones (p. 87).
       Por su parte, para la antropóloga mexicana Lamas (1999)  en su ensayo sobre “Usos, dificultades y posibilidades de la categoría género” nos, indica que a lo largo de los últimos años, se ha producido diversas controversias al tratar de definir el término GENERO. Resalta los fundamentos de Scott, los que califica como el de mayor mérito porque permite ordenar y clarificar el debate, ya que propone una vinculación con el poder, y además, distingue la construcción social de Biología (pp.147-149). Para la investigadora, el uso de la categoría género, implica otra índole de problemas (ya abordados por Scott), en tanto, dependiendo de la disciplina que se trate es que se formulará la interrogante sobre ciertos aspectos de las relaciones entre los sexos o de la simbolización cultural de la diferencia sexual.
       Es así que Lamas sostiene que el género se construye culturalmente  diferenciado en un conjunto de prácticas, ideas y discursos, entre los que se encuentran los de la religión. Por tanto, lo que define al género es la acción simbólica colectiva, porque del proceso de constitución del orden simbólico en una sociedad, se fabrican las ideas de lo que deben ser los hombres y las mujeres. Esto sugiere que el proceso de entrada a la cultura es también proceso de la entrada del lenguaje y al género.
     Al respecto Giddens (1991), nos da una percepción global de los significados que la palabra a adquirido en el lenguaje popular refiriendo que ésta en el lenguaje cotidiano es ambigua, y se refiere tanto a una categoría de persona como a los actos que realizan las personas, de esta forma, se puede distinguir sexo refiriéndose a las diferencias biológicas o anatómicas entre la mujer y el hombre, y la actividad coital. Al final el autor acota:
Mientras que sexo se refiere a las diferencias físicas del cuerpo; género alude a las diferencias psicológicas, sociales y culturales entre los hombres y las mujeres. La distinción entre sexo y género es fundamental, ya que muchas diferencias entre varones y hembras no son biológicas en origen (p.11).
Siguiendo a Giddens (1991), la sexualidad seria el producto de un complejísimo proceso de construcción social. Tiene una serie de dimensiones interrelacionadas que se presentan desde la primera infancia y se van desarrollando a lo largo de la historia individual de cada persona, y cuando hablamos de sexualidad nos referimos a la forma como sentimos, pensamos y nos comportamos a partir de nuestro sexo y nuestra orientación del deseo sexual en la sociedad en que nos encontramos.  Junto a Giddens, diversos autores resaltan la importancia al medio cultural en el que el individuo se desenvuelve; y que no sólo sexo biológico se tiene, sino también la incorporación de motivos, valores y conductas que la cultura considera adecuados para un sexo, lo que es corroborado por Ampuero Sala (1999) cuando señala que “se posee un componente físico como un componente cultural". 
Precisamente para Ampuero Sala (1999), el género es como una red de símbolos culturales conceptos normativos, patrones institucionales y elementos de identidad subjetiva que diferencia los sexos, y que al mismo tiempo los articula dentro de las relaciones de poder, dentro de los recursos, y a través de un proceso de construcción social. Ésta se elabora a partir de la diferencia sexual anátomo fisiológicas que dan sentido a la satisfacción de impulsos sexuales, a la reproducción de la especie humana y en general a la relación de entre las personas.
Como puede observarse, hemos referido a definiciones sobre género y sobre sistema sexo-género que provienen desde diferentes miradas propias de los especialistas en la materia. De todas maneras, importa subrayar que la nutrida producción en torno a este campo se genera en las últimas décadas, siendo los distintos aportes confluyentes desde su diversidad en la construcción de un nuevo enfoque de lo femenino y lo masculino.  
Por consiguiente, y tomando en consideración los aportes antes señalados, entendemos que Genero alude a los roles, derechos y responsabilidades diferentes de los hombres y las mujeres, así como a la relación entre ellos. Género no se refiere simplemente a las mujeres o los hombres, sino a la forma en que sus cualidades, conductas e identidades se encuentran determinadas por el proceso de socialización. El género generalmente se asocia a la desigualdad tanto en el poder como en el acceso a las decisiones y los recursos. Pero también es claro que los roles diferentes de las mujeres y los hombres se encuentran influenciados por realidades históricas, religiosas, económicas y culturales. Dichos roles y responsabilidades pueden cambiar, y de hecho cambian, a través del tiempo.
2.         Roles de Genero: Masculinidad y Feminidad
Margaret Mead (citada en Burggraf, 2007, p.127),  hizo uno de los primeros estudios etnográficos sobre la variación de los roles de género: sexo y temperamento en tres sociedades primitivas, los arapesh, los mundugumor y los tchambuli. Los hombres y mujeres arapesh actuaban como los norteamericanos habían esperado tradicionalmente que lo hicieran las mujeres; de forma suave, paternal y sensible. Los hombres y mujeres mundugumor actuaban como ella creía que nosotros esperamos que se comporten los hombres, de forma fiera y agresiva. Los hombres tchambuli eran "felinos", se rizaban el pelo e iban de compras y las mujeres eran enérgicas y organizadoras dando menos importancia al aspecto personal. Constató así, que no todas las sociedades estaban organizadas de forma patriarcal, y en ese sentido la distribución de los roles entre mujeres y hombres era diferente a las de las sociedades occidentales, con lo cual hace un primer cuestionamiento al carácter "natural" de las diferencias entre ellos, incluyendo las físicas.
Siguiendo a Rossato y Cols. (2006), los roles de género indican aquel conjunto de comportamientos previstos y asignados a uno u otro sexo desde la cultura, en una sociedad y momento histórico específico.  A través del rol de género, se prescribe como deben comportarse hombres y mujeres en la sociedad, en la familia, con respecto a su propio sexo, al sexo contrario, ante los hijos, incluido en ello determinadas particularidades psicológicas atribuidas y aceptadas, así como los límites en cuanto al modo de desarrollar, comprender y ejercer la sexualidad, emanando de aquí lo que resulta valioso para definir la feminidad o la masculinidad. Estos valores hacia lo masculino y hacia lo femenino se trasmiten generacionalmente a través de las diversas influencias comunicativas existentes en la sociedad.
Los roles de género varían con el entorno, la economía, la estrategia adaptante y el nivel de complejidad social.  El concepto de "Roles de Género" es fundamental para entender algunos procesos que se interrelacionan en la vida cotidiana. Su transformación podría ser un paso importante para conseguir vivir en una sociedad más equitativa. La igualdad de oportunidades requiere la reformulación de los roles femeninos y masculinos en función de sus necesidades actuales. Estos roles se plasman, por  ejemplo, en actitudes y planteamientos tradicionales tales como los que se muestran a continuación:
a)     Asociar el ser mujer u hombre a unas actividades, potencialidades, limitaciones y actitudes determinadas. "Los hombres son fuertes e inteligentes mientras que las mujeres son débiles, cariñosas y habladoras".
b)     Calificar algunas actividades como "de mujeres" o de "hombres". "Llorar es de mujeres", "los hombres son los que tienen que trabajar", "conquistar es de hombres", "las mujeres deben ser pacientes".
c)     Asignar tareas "propias" de las mujeres y otras de los hombres. "El hombre debe ser el cabeza de familia y el principal proveedor de la economía familiar" , "La crianza de hijas e hijos es cosa de las madres"
d)     Dar a una misma actividad una importancia diferente. "Un chef o un modisto tienen más prestigio social y económico que una cocinera o modista".
En realidad, la mayoría de la gente no sólo piensa que hombres y mujeres son bien distintos, sino que albergan también las mismas ideas sobre las formas en que se manifiestan las diferencias. Estas convicciones, basadas en una simplificación excesiva o el escaso juicio crítico reciben el nombre de estereotipos (tópicos, prejuicios...). Se ha concebido la masculinidad y la femineidad como dos elementos antagónicos que se excluían mutuamente, y hoy se aceptan que en muchos individuos coexisten rasgos de una y otra índole.
Existen evidentes diferencias biológicas y actitudes que se adscriben a la mujer y al hombre, pero resulta casi imposible distinguir cuáles son innatas y cuáles superpuestas. Cada sociedad desarrolla sus sistemas de género a partir de la diferencia sexual entre hombres y mujeres. Estos “rasgos” son vistos como “naturales”, pero en realidad son construidos socialmente. Mediante las reglas trazadas por la sociedad, cada uno aprende a desempeñar su papel masculino o femenino. No existen papeles sexuales en la raza humana, cada época crea y transmite los suyos, depende de la época y del lugar, aunque siempre hay personas de uno u otro sexo que están encantadas y otras que detestan el papel que les haya correspondido (Fernández, 1992, p. 14).
Antes incluso del nacimiento los padres ya adoptan actitudes distintas sobre el sexo del niño. A menudo los padres especulan sobre el sexo de su futuro hijo y llegan a elaborar planes minuciosos y acariciar ambiciosos objetivos concernientes a la vida de la criatura. En el momento del nacimiento, el anuncio del sexo del bebé desencadena una sucesión de pequeños eventos todos los cuales presuponen una diferenciación entre hombres y mujeres –por ejemplo, ropa azul para el niño y rosa para la niña-. Los amigos, parientes y padres hablan del aspecto del recién nacido proliferando en estas conversaciones los estereotipos.
Otro ejemplo lo vemos en los primeros meses de la lactancia, donde los niños tienen más contacto físico con la madre que las niñas, en tanto que éstas son objeto de más contemplaciones, mimos y contactos verbales. Los padres también responden de distinta manera, según el sexo del hijo (reaccionan con mas presteza ante los lloros de la niña). Hasta los 3 años no se desarrolla una identidad sexual básica, es decir, la íntima convicción de pertenecer a uno u otro género. A partir de esta edad, los niños empiezan a mostrar discernimiento de los roles sexuales en el ámbito familiar y en el mundo que les rodea.
Para cuando los niños acuden a la escuela primaria, las ideas preconcebidas sobre los roles de género se aplican con cierta irregularidad. (Si hacen lo contrario de lo que de ellos se espera la niña merece el apelativo de “graciosa” y el niño se le tacha de afeminado).  Durante los años de colegio persiste la aplicación de criterios diferenciadores del sexo en determinados juegos. Los niños pasan gran parte de su tiempo en la escuela donde en muchas aulas se dan estereotipos que afectan al rol sexual de género: Los libros de historia proyectan una imagen de un mundo dominado por hombres; a las niñas se les asignan tareas distintas de las que realizan los chicos. Pero, además, están expuestos a evidentes estereotipos sobre roles de género cuando ven la televisión.  Los libros ilustrados y la televisión son elementos importantes en el aprendizaje de los papeles de género.
La adopción de los roles adecuados a cada sexo es más importante aún durante la adolescencia que en edades más tempranas. Los adolescentes varones deben atenerse a tres normas básicas en lo que atañe a los roles de género: Sobresalir en los deportes, mostrarse interesados por las muchachas y el sexo; no mostrar rasgos ni gustos femeninos. Al iniciarse la adolescencia, se evidencia la expectativa de que los varones deben conseguir “logros”, y las mujeres casarse y educar a los hijos. Muchas mujeres se ven impulsadas a convencerse de que un rendimiento excesivo menoscaba su femineidad y popularidad. Mientras que, los varones están condicionados por el imperativo de equiparar su masculinidad a su eficiencia y experiencia sexuales.  A pesar de las diferencias en la educación y del cambio de mentalidad que se está produciendo, los estereotipos sobre los roles de género en el ámbito de nuestra cultura suelen manifestarse en toda su realidad cuando el individuo alcanza la edad adulta.
También observamos que las expectativas en cuanto al rol de género en la edad adulta afectan al matrimonio, el trabajo, la política y el ocio. Para los hombres, aún cuando la experiencia heterosexual y el atractivo físico continúan constituyendo pruebas relevantes de masculinidad, en las clases medias y altas cada vez tiene más importancia el éxito profesional, que se mide por la categoría del trabajo desempeñado y por las rentas obtenidas. En cuanto a la mujer, el matrimonio y la maternidad siguen constituyendo el foco primordial de nuestras expectativas culturales, si bien en la actualidad este estereotipo empieza a cambiar de forma significativa.
Como sostiene Fernández (1992), La conducta sexual ha sufrido en gran medida los efectos de los estereotipos sobre los roles de género, como la regla de la discriminación sexual de la mujer y la idea de que el varón es siempre experto en materia de sexualidad. La legitimación de la práctica sexual en las mujeres es distinta a la de los varones: La sexualidad de la mujer tiene que estar legitimada por el amor. En el varón la sexualidad no atraviesa necesariamente por la demanda del amor. Muchos hombres y mujeres empiezan a darse cuenta de que no pueden lograr el placer que ambos desean hasta que comprendan que el sexo es una experiencia compartida en condiciones de igualdad.  Fernández agrega:
En una relación en la que ambos consortes viven felices, los interesados tienen la sensación de igualdad de valor. Aún cuando al casarse se observe con frecuencia la regla de la equivalencia de valor de ambos cónyuges, sin embargo, no puede garantizarse con ello que en el transcurso de la vida común a lo largo de muchos años se conserve inalterable el equilibrio de valor propio. En las condiciones actuales el marido, gracias a su actividad profesional tiene más oportunidades para aumentar el sentimiento de su propio valor, mientras que la mujer, en su función de madre y ama de casa, se siente menos reafirmada (p.21).
Los testimonios de otras culturas indican que en nuestra sociedad muchas de las diferencias entre hombre y mujer derivan de ideas preconcebidas y de expectativas estereotipadas.  La desigualdad subjetiva entre hombres y mujeres obedece a: La carencia del poder, al sometimiento de su palabra, a la ausencia de representación y a la gran dificultad de realización en un mundo masculino.
v   Diferenciación de géneros, características.-
Las representaciones sociales acerca de lo que significa ser hombre o mujer, propias para una cultura, se incorporan a la subjetividad individual en creciente y activa elaboración. Como refiere Rossato (2006), el proceso de asunción y adjudicación de los roles de género es complementario, tomar un determinado rol hace que también asignemos otro  al género opuesto configurándose nuestras expectativas en este sentido, por lo que lo hace, así, complementario. El diseño y construcción de los roles de género desde un paradigma androcéntrico ha conllevado rivalidad y desencuentro entre los géneros lo cual ha sido y sigue siendo trasmitido desde las ideas y las prácticas sociales.
En el proceso de socialización, los seres humanos tienden a adoptar un repertorio de relaciones de toles como marco de su propio comportamiento y como perspectiva para interpretar el de los otros. Se trata de aprender unas concepciones de los papeles, normalizados culturalmente, y adquirir una imagen viable del mundo social por medio de los procesos de adaptación que constituyen el cumplimiento de éstos. Resumiendo, se trata de un conjunto de expectativas que regula el comportamiento de un individuo en una sociedad dado (Fernández, 2002, p.16).
 Hablar de lo masculino y lo femenino desde una perspectiva de género implica realizar una primera afirmación: las culturas construyen los modos de “ser mujer” y de “ser varón”. Al decir de Simone De Bouvoir “la mujer no nace, se hace”. Podríamos extender la misma idea hacia la construcción del varón: no nace sino que se hace. Y nos construimos como mujeres y como varones en un complejo entramado cuyos hilos refieren a aspectos socioculturales, históricos, políticos, económicos, familiares. La idea de oposición y complementariedad de lo femenino y lo masculino forma parte de la construcción del pensamiento dualista de la cultura occidental. Lógica dualista que ha asociado lo femenino con la pasividad y la afectividad, mientras que a su "contraparte y complemento" masculino lo ha asociado a la actividad y la razón.  
En la obra La República de Platón (citado en López y Guida, 2008)  se vislumbra la diferencia de valor entre lo masculino y lo femenino. Mujeres y varones son capaces de realizar las mismas funciones en la polis, pero los varones hacen prácticamente todo mejor a excepción de lo que Platón descalifica en su importancia, o sea las tareas vinculadas a lo doméstico: "Conoces alguna profesión en la que el género masculino no sea superior al femenino?, pregunta Platón a Glaucón. Y el mismo se adelanta a responder: "No perdamos el tiempo en hablar de tejido y de confección de pasteles y guisos, trabajos para los cuales las mujeres parecen tener cierto talento y en los que sería completamente ridículo que resultaran vencidas. Esto introduce una diferencia de valor, una relación jerárquica (superior – inferior), donde lo femenino es valorado negativamente.                 
De esta manera, la masculinidad tradicional se encuentran muy asociada a la fortaleza tanto física como espiritual, al buen desempeño, la excelencia, la rudeza corporal y gestual, la violencia, la agresividad y homofobia, la eficacia, competencia así como el ejercicio del poder, la dirección y definición de reglas, la prepotencia, valentía e invulnerabilidad. La independencia, seguridad y decisión indican fortaleza espiritual, unido a la racionalidad y autocontrol. El hombre no debe doblegarse ante el dolor, ni pedir ayuda aunque ello lo conduzca a la soledad. Por eso se le prescribe, por lo general, alejarse de la ternura, de los compromisos afectivos muy profundos, de la expresión de los sentimientos.  En el hombre la sexualidad está muy vinculada a su carrera por la excelencia, por ello trata de estar siempre listo sexualmente, "siempre erecto", tener buen desempeño y rendimiento, variadas relaciones. Requiere a su vez, de la constante admiración femenina como nutrimento de su autoestima, esforzándose más por la demostración de su masculinidad que por su propio crecimiento.
 Por su parte, la feminidad tradicional se asocia a la contradicción maternidad-sexualidad. Para la mujer el sexo como placer, visto como algo masivamente accesible, constituye una novedad de las últimas décadas. Mientras, la maternidad continúa vinculada a la protección, tranquilidad, sacrificio, dolor, a la desaparición de la identidad personal para integrarse a la identidad de otros. La maternidad se convierte en la exigencia social que da sentido a la vida de la mujer, el eje de la subjetividad femenina, de su identidad genérica y personal. A partir de aquí se le atribuyen características como la sensibilidad, expresividad, docilidad, generosidad, dulzura, prudencia, nobleza, receptividad, Es como si su identidad se encontrara más conectada a la relación con los otros. Por ello, se le considera más influenciable, susceptible y menos agresiva. Su comportamiento es menos competitivo, expresando su poder en el plano afectivo y en la vida doméstica.
Conclusiones
          Hemos podido determinar a través del presente ensayo, que los roles de género son construcciones culturales acerca de las pautas que las personas deben explicitar como miembros de una cultura determinada según sea su sexo. Cuando hablamos de género nos referimos a las características de la mujer o del hombre que son determinadas socialmente, y estas características o roles que se les asigna a cada género, son un conjunto de reglas y normas, aprendidas, reforzadas y sancionadas dentro de la sociedad, de la cual el hombre y la mujer forman parte
          La socialización con respecto a la asignación de roles de género ha constituido la historia de legitimación de un género por sobre el otro, y junto con ello un orden social instaurado artificialmente sobre la base de supuestos mitológicos (hombre superior).

REFERENCIAS
ALBERDI, I. (2005). “La religión apoya la idea de superioridad masculina”. En: Violencia, tolerancia cero. Barcelona: Fundación La Caixa.

Ampuero, A. (1999). "Sexualidad y Deseo: hablan Adolescentes de Ayacucho, Puno, San Martín y Ucayali". Perú. Manuela Ramos.

Burggraf, J. (2007) “La ideología de Gender”. En: Familia y perspectiva de género.  Editorial de la Universidad Católica de Argentina. 1era edición, Buenos Aires.

De Barbieri, T. (1993). “Sobre la categoría género. Una introducción teórico metodológica”. Ensayo. En Revista: Debates en sociología. N1 18. Lima.

Favero, R. (1992). “La Convención: un arma para la defensa de nuestra imagen en la publicidad”.  Lima: DEMUS: Derechos de la Mujer. Gráfica Educativa Tarea.

Fernández, A. y  De Brasi, M. (1992). Introducción” en Tiempo histórico y campo grupal. Masas, grupos e instituciones”. Buenos Aires: Nueva Visión.

Fernández, A. (2002). “Estereotipos y roles de género en el refranero popular: charlatanas, mentirosas, malvadas y peligrosas: proveedores, maltratadores, machos y cornudos”. 1era edición, Barcelona: Anthropos.
Giddens, A. (2002). “Género y sexualidad”, 4ª edición revisada, Cap. 5,  en Sociología. Madrid: Alianza Universidad.
Harris, M. (1985). “Caníbales y reyes: el origen de la cultura”. España: Salvat editores.
Lamas, M. (1999). “Usos, dificultades y posibilidades de la categoría género. Nº021. Ensayo. Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, España y Portugal. Universidad Autónoma de México (pp.147-178).
López, A, y Guida, C. “Aportes de los estudios de género en la conceptualización sobre masculinidad”. Disponible en:
Rosato, A.; Fantela, M. y Artigas, S. (2006). “Momentos sociohistóricos de transformación de los lugares sociales y subjetivos de las mujeres”. Roles de género, lo privado, lo público. Disponible en: http://lux-lux.deviantart.com/art/Roles-de-genero-2-39841729.
Rubin, G. (1986). “El  tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo”. Ensayo. Nueva Antropología Nº 30.
Scott, J. W. (1990). “El género, una categoría útil para el análisis histórico”. Ensayo. Valencia: Alfons El Magnánim. 18p.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

bueno esta

Anónimo dijo...

Me parece interesante la forma de abordar el tema de genero, simplificándolo con los roles de genero, me gusto !!!

Anónimo dijo...

Me parece interesante la forma en se aborda el tema genero, y simplificándolo con el concepto de rol de genero, me gusto!!!

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