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lunes, 29 de octubre de 2012

La afectividad del niño en el aula


         La afectividad en el niño es esencialmente difusa, egocéntrica, porque se desarrolla antes de que se opere netamente la distinción del “yo” y del “tu”. En primer lugar, está centrada sobre la madre en razón de las satisfacciones que ella procura a su hijo. Aparece luego un interés por el mundo exterior; un número de personas y de cosas cada vez mayor se convierten en fuentes de contento o de decepción.

La afectividad en el aula
Para el niño, el aprendizaje lo conforman distintas áreas de su desarrollo: lo cognitivo, lo social, lo afectivo. Su desarrollo físico es muy importante pero al igual que su salud mental. El juego, tiene un papel importante también en su desarrollo. El desarrollo afectivo se sitúa en el seno familiar y también ha de fomentarse y cuidarse en el seno escolar. De él dependen la buena adaptación del niño y el rendimiento académico.
En el aula lo más importante para el niño es la flexibilidad, que aunque parezca contradictorio es establecer los límites claros para los niños; así se favorece el aprendizaje de las normas de comportamiento, y el desarrollo de la autodirección personal y de la conciencia. Ser flexible implica por parte del educador, actitudes de empatía y comprensión y captar necesidades que no siempre se manifiestan ostensiblemente y que su detección supone un desafío para el profesor.  Como sostiene Alonso Palacios:
“...La afectividad en el niño destaca la necesidad de que la escuela –además de la instrucción y del aprendizaje de información– estimule el desarrollo afectivo del niño, pues éste repercute de manera determinante en la vida futura del individuo. De allí la necesidad de una educación afectiva en la etapa preescolar, donde se les presente recursos para que los pequeños se expresen y establezcan relaciones positivas y honestas con el grupo, el maestro y la familia”. [1]
         
De esto se desprende que demostrar la afectividad no es tarea siempre fácil. El tono de la voz y el trato agradable suponen un gran paso por parte del educador, aunque muchas veces se sienta uno tentado a restablecer el buen dinamismo con “un par de gritos”. Las expresiones verbales, manifestaciones de aceptación, las repeticiones y explicaciones también ayudan.

  • El rostro es una manifestación muy rica del grado de aceptación y del humor; a través de rostro y cara el niño puede captar si es un buen partícipe y si es bien aceptado.
  • El acercamiento físico, a través del tacto y caricias positivas es una buena demostración que al niño le ayuda a sentirse integrado. El niño es como es y no siempre nos resulta fácil aceptarlo puesto que los educadores somos personas y hay actitudes que nos gustan y otras que nos cuestan más aceptarlas. Lo importante es reconocer y aceptar lo que más nos cuesta y sabernos manejar en aquéllas actitudes que son favorecedoras de las relaciones, como es la sintonía o empatía, esencial para que el niño se encuentre en una atmósfera de credibilidad, confianza y participación.
  • La sintonía se puede expresar y el niño es capaz de captarla a través de las manifestaciones verbales y no verbales. Se refleja en el movimiento, en la postura, gesto, contacto físico, tono de voz y la mirada.
  • El educador ha de ser hábil en la demostración de la sintonía o empatía y también en la correspondencia con el niño. Crear sintonía es una buena opción para situarse en un aula con niños, es una habilidad por tanto puede aprenderse y produce efectos beneficiosos tanto en el educador como en el niño.



[1]           ALONSO PALACIOS, María Teresa. La afectividad en el niño. Manual de actividades preescolares. Editorial Trillas Eduforma. México. 2004. pág. 8. 

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