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miércoles, 13 de abril de 2011

Desaparición de los partidos políticos en el Perú a partir de 1990

APUNTES
Charo Dávalos Ramírez
  
Se recordará que las elecciones de 1990 tienen un resultado inesperado en el Perú. Las principales fuerzas políticas, amenazadas por la crisis económica y los crecientes atentados terroristas de Sendero Luminoso, polarizan la confrontación al extremo de preferir que ninguna de las cuatro hegemónicas hasta entonces se suceda en el gobierno. Los actores democráticos radicalizan la confrontación mutua y ello hace que en plena fase final de la campaña electoral, un candidato hasta entonces marginal, crezca por sorpresa en las encuestas.


Fujimori derrota a Vargas Llosa en la segunda vuelta con una fuerte votación. De 1990 a 1992 gobierna de acuerdo a la Constitución, aunque manifiesta un descontento permanente por no tener mayoría parlamentaria y verse por tanto obligado a negociar con los partidos “tradicionales”. Su apego inmediato a las políticas económicas recomendadas por el “Consenso de Washington” y su constante reclamo de una legislación antiterrorista más dura, lo llevan a enfrentarse con las fuerzas parlamentarias.
Pronto demuestra su desapego por las formas democráticas de concertación. Reacio al diálogo con la oposición y contrario a darle mayor organicidad al grupo que lo apoyó en las elecciones, se pronuncia cada vez con más claridad contra los partidos, a los cuales responsabiliza por las graves deficiencias en el manejo de la economía y en el enfrentamiento a Sendero Luminoso.
En estas condiciones se produce el golpe del 5 de abril de 1992. Con el apoyo de las Fuerzas Armadas, cierra el Congreso, disuelve los gobiernos regionales, interviene el Poder Judicial y clausura el Tribunal Constitucional. El uso arbitrario de la fuerza contra las instituciones que surgen de la soberanía popular, hace retroceder al país de nuevo a la época de las dictaduras.
Cuando se convocan las elecciones de 1995 y del año 2000, la intensa propaganda contra los partidos y ciertos éxitos en la estabilidad macroeconómica y la lucha contra el terrorismo, generan una nueva correlación de fuerzas.
Los grupos inventados desde el poder autoritario (Cambio 90, Nueva Mayoría) controlan el Congreso, ahora unicameral. Pequeñas representaciones del APRA, el PPC, Acción Popular y otros movimientos menores se encuentran en la oposición.  El Movimiento Libertad, Obras, UPP y otras organizaciones de coyuntura electoral carecieron de una estructura institucional sólida que les diera continuidad. Frágiles y volátiles, organizados en torno a notables y a líderes fugaces, mostraron las mismas disfuncionalidades de los partidos. 
No hubo una oposición consistente que empezara por la formación de estructuras partidarias sólidas, que funcionaran como verdaderos canales orgánicos para orientar la participación ciudadana hacia posiciones dignas en defensa de la democracia y los derechos humanos. Esas posiciones surgieron luego, hacia 1997, y con iniciativas no partidarias. Los llamados partidos “tradicionales” sufren una fuerte crisis de representatividad.
En opinión de Fernando Tuesta Soldevilla[i], con la cual coincidimos, esto es obviamente el efecto y no la causa del fenómeno. Fujimori existió, entre otras razones, por el desmoronamiento del sistema de representación de los partidos políticos a fines de los 80, en el que ellos fueron plenamente los responsables. Es decir, Fujimori es hijo de la crisis de los partidos políticos. Pero, para crecer, debía desaparecer a los partidos. Eso es lo que intentó hacer a lo largo de la década que tuvo la presidencia.
A decir de Tuesta[ii], la estrategia de “aniquilamiento de los partidos” por Fujimori fueron los mensajes que utilizaba con la población: generaliza la idea que la política, como actividad encaminada al poder, era reprobable; que aquellos que la practicaban, los políticos, eran de dudosa reputación; que los aparatos que los organizaban -los partidos-, eran corruptos y que las ideologías eran inservibles. Ante eso se levantó la idea, exitosamente divulgada por Fujimori, que el individualismo y el pragmatismo, eran los vectores de la conducta pública y para ello era mejor ser independientes, organizándose lo menos posible, a la altura de sus débiles compromisos. Esto fue facilitado por los partidos cuya actuación pública parecía darle la razón.
Por otro lado, en el CCD (Congreso Constituyente Democrático), la mayoría fujimorista es controlada de forma absoluta por el dictador y su aparato de espionaje. Incluso el debate, esencia del parlamento es visto como engorrosa y molesta. Se cambia el reglamento para reducir al mínimo las intervenciones, se impone el criterio empresarial del costo-beneficio para la presentación de proyectos de ley y se considera “un avance” la ausencia o limitación extrema de las discusiones. El Congreso se convierte una vez más, al estilo de la vieja tradición autoritaria, en un apéndice del poder Ejecutivo.
En este contexto, la política se convirtió en una empresa coyuntural ejercida por movimientos políticos electorales y básicamente por "técnicos". El sistema electoral, altamente proporcional, permitió que el número de organizaciones políticas aspirantes creciera; pero no logró que arraigaran en la sociedad. Las organizaciones políticas, por lo general, corrieron la suerte de sus líderes centrales. Si éstos abandonaban sus aspiraciones políticas, sus movimientos cerraban sus puertas.
La década de Fujimori, fue la de la política sin partidos, la elementos que indujeron a la despolitización para saquear los fondos públicos con la mayor desfachatez, la del oportunismo de notables y técnicos que aseguraban tener las soluciones a problemas concretos de la sociedad, pero enmudecían frente a otro tipo de criterios esenciales del quehacer político como los derechos humanos, la participación política, la legitimidad o el ejercicio pleno de la ciudadanía.
Como comenta el jurista peruano Enrique Bernales[i] el afán de Fujimori de perpetuarse en el poder cavó su tumba. En el contexto del proceso electoral del 2000, las organizaciones que aparecen en torno a la coyuntura fueron Somos Perú, Perú Posible y Solidaridad Nacional. Sin embargo, en el último tramo del proceso electoral, fue Alejandro Toledo, quien lideró un sentimiento ciudadano de indignación y rechazo frente al fraude del Presidente Fujimori, que a la sazón pretendía reelegirse inconstitucionalmente por segunda vez.


Como se sabe, el terco empeño acabó con la caída del régimen y la huida del siniestro asesor Vladimiro Montesinos. Pudo descubrirse así una corrupción de proporciones gigantescas, en las que aparecen involucrados políticos, mandos militares, altos funcionarios del Estado, empresarios, artistas, jueces y una vasta red de testaferros.
No obstante, en el año 2000, la conciencia democrática se sacudió y multitudes indignadas de jóvenes salieron a las calles a reclamar democracia. A su vez, la oposición partidaria, adormecida por debates parlamentarios improductivos, ganó también la calle y estrenó algunos nuevos líderes, como Alejandro Toledo, principalmente.  La llamada "década de la antipolítica" parecía llegar a su fin. Con la caída del régimen fujimorista y la revelación de un gran índice de corrupción encubierta, no sólo la democracia ha comenzado a reconstituirse sino que se ha avivado la reserva moral del país.
En el tema de los partidos políticos, la tarea inmediata es analizar las fallas que permitieron la entrada en el sistema político de un outsider sin programa y con un discurso autoritario; examinar la razón por la cual ese mensaje caló en un importante segmento de la población y estudiar los caminos que conducen a la construcción de un sistema de partidos sólido y estable. Un sistema de partidos fuerte contribuye de tres formas con la calidad de la democracia: expande la representación política, incrementa la legitimidad y facilita la gobernabilidad de un país.
Por otro lado, tener una Ley de partidos como la que está en vigencia desde noviembre del 2003 resulta entonces un paso adelante en el proceso de construcción de la democracia. La definición de los partidos como expresión del pluralismo democrático, la concepción de que estos tienen como objetivo asegurar y defender la democracia así como identificarse con la difusión de los derechos fundamentales, son pasos decisivos en el proceso de construcción de la democracia peruana.



[i]       BERNALES BALLESTEROS, Enrique. “Partidos políticos: ¿hacia dónde vamos?. Palestra Electoral. Portal de Asuntos Públicos de la PUCP. Lima. Disponible en: http://palestra.pucp.edu.pe/palelec/?file=derepolitic/bernales.htm. Marzo, 2011. 

[i]      TUESTA SOLDEVILLA,  Fernando. “Fujimori y los Partidos políticos”. Disponible en: http://blog.pucp.edu.pe Publicado el 04 de setiembre del 2000. Pág. 1 de 2.
[ii]         Ibídem, pág. 1 de 2.

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