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viernes, 3 de junio de 2011

Machismo: La supremacía masculina

  Ensayo 
(Estilo APA)
Charo Dávalos R.


Introducción

       Mucha gente ha estado hablando recientemente acerca de hacer una completa revisión en el modo en que nuestra sociedad piensa sobre la sexualidad y el género. Durante mucho tiempo, las diferencias entre la sexualidad masculina y femenina han sido explicadas en términos de diferencias biológicas, atribuyéndose a los distintos modos de actuación unas causas biológicas de las que dependían los comportamientos de hombres y mujeres. Esta lectura, a todas luces ideológica, útil para mantener conceptos como el carácter masculino o femenino, que servían para legitimar una moral determinada y obligar a las personas a mantenerse dentro de "lo establecido", ha sido sustituida en los últimos tiempos por una propuesta que separa acertadamente sexo y género. 

      En el presente ensayo, nos proponemos fundamentar lo relacionado al tema de género y la sexualidad. En lo particular, abordaremos aspectos concretos como la supremacía masculina y el machismo. Finalmente, exponemos las conclusiones a las cuales llegamos luego de la revisión teórica.


Machismo y sumisión: estereotipos sociales
  En términos generales, y tanto en las sociedades mediterráneas como en las latinoamericanas, el machismo y la sumisión describe estereotipos y roles de hombres y mujeres. El primero es el culto a la virilidad masculina, caracterizada por la agresividad, intransigencia y arrogancia. En cuanto a la sumisión, ligada al marianismo (culto a la virgen María), defiende la superioridad espiritual femenina, al mismo tiempo que su timidez y dependencia de los hombres. De hecho, tanto una como otra atribución, son el realidad mitificaciones y no dejan ver concepciones y formas diferentes de ver y enfrentar la vida y las relaciones de poder, mucho más ricas y diversas (Fernández, 2002, p.18). 
    La opresión de la mujer surgió con la propiedad privada y ha cambiado de acuerdo a las condiciones históricas y económicas que dictaron su lugar en la producción. Anteriormente con el entronamiento de la propiedad privada, el trabajo de las mujeres jugó un rol central en la producción y reproducción social. Había una división del trabajo entre los hombres y las mujeres, pero no una desigualdad porque no había posibilidad de acumulación de propiedad. La domesticación de animales y el desarrollo de la agricultura condujo a la acumulación de la propiedad que fue pasando de una generación a la siguiente. La mujer fue expulsada de la producción social y confinada a la producción privada dentro de la familia, así, se hizo dependiente del hombre. Estos cambios trascendentales, haciéndose por siglos, acompañaron la reorganización de la sociedad para salvaguardar las relaciones de la propiedad privada. 

    Harris (1985) propone que el origen de la guerra no está en una supuesta naturaleza agresiva del hombre sino en las presiones poblacionales y ecológicas. Del mismo modo, el origen del machismo, o supremacía masculina, no tiene su origen en la naturaleza del hombre (su fuerza física) sino en la necesidad de mantener la institucionalidad bélica (el culto a la fuerza y a la violencia) para favorecer el infanticidio femenino y con ello frenar las tasas de natalidad o reducir la población efectivamente. 

   De acuerdo con las investigaciones del antropólogo con amplio reconocimiento Marvin Harris, la supremacía masculina se observa en las estadísticas etnográficas recopiladas, a pesar de las feministas y los románticos del matriarcado: ¾ partes de los aldeanos y de las tribus tenían linajes patrilineales, y sólo 1/10 seguían un linaje matrilineal. La poligamia es 100 veces más común que la poliandria. La transferencia de bienes a la familia de la novia, “el precio de la novia”, está universalmente difundida, mientras que el “precio del novio” prácticamente no existe salvo en lo denominado como dote, en el cual más que un novio, se “compra” prestigio, o se transfieren bienes para costear una novia onerosa; en el primer caso es muy común que la novia quede obligada a servir, lo que no ocurre nunca en el segundo caso. Es frecuente en los casos de matrilocalidad que la mujer se desembarace con facilidad del esposo, pero en la patrilocalidad la mujer queda obligada para con el esposo. 

    En las aldeas patrilineales como sostiene Harris (1985), los caciques y líderes religiosos son casi siempre y en su mayoría, hombres. En muchos lugares se amenaza a mujeres y niños con matracas, o con máscaras, cuya fabricación y guarda se esconde escrupulosamente. La menstruación es considerada una impureza por innumerables pueblos, pero el semen es considerado estimulante y vivificante. La división del trabajo es así mismo casi siempre injusta para con las mujeres: deben recoger diariamente agua y leña, recolectar, moler, machacar semillas, cocinar todos los días, cuidar de los niños. 

    Todas estas asimetrías parecen explicarse por la guerra y el monopolio masculino sobre las armas. La guerra exigía la organización de comunidades en torno a un núcleo residente de padres, hermanos y sus hijos. Tal proceder condujo al control de los recursos por los grupos de intereses paternos-fraternos y al intercambio de hermanas e hijas entre estos grupos (patrilinealidad, patrilocalidad y precio de la novia), a la asignación de mujeres como recompensa a la agresividad masculina y de ahí a la poligamia. El connotado investigador agrega lo siguiente:

La asignación de las tareas pesadas a las mujeres y su subordinación y devaluación rituales surge automáticamente de la necesidad de recompensar a los hombres a costa de las mujeres y de ofrecer justificaciones sobrenaturales de todo el contexto de supremacía masculina” Pero esta relación entre belicismo y forzada supremacía masculina parece quedar anulada cuando se observan pueblos matrilineales, matrilocales, sin precio por las novias, y sin instituciones culturales o religiosas para intimidar a las mujeres, que sin embargo se muestran muy agresivos para la guerra, belicosos y crueles; este es el caso de los iroqueses. (p. 72).

     El autor resuelve esta contradicción explicando que hay distintos tipos de guerras, y que este tipo de pueblos practica una guerra externa, expansionista, con travesías más o menos largas, alejadas de sus aldeas; este sistema necesita entonces de matrilinealidad y matrilocalidad, puesto que las mujeres en mayoría en cada aldea gobiernan y se organizan necesariamente; ocurre lo contrario en las guerras internas, como en las de los yanomamos, que pelean con tribus vecinas y a veces emparentadas, donde los hombres nunca se alejan demasiado, ni en el tiempo ni en el espacio. Es allí donde la supremacía masculina se impone. 

    En los últimos 50 años, hemos visto grandes cambios en la posición de la mujer. Los desarrollos tecnológicos en el hogar le permitieron a la mujer ingresar a la fuerza de trabajo, la expansión de la economía de la post-guerra produjo empleos y, más recientemente, la declinación y el recorte de salarios motivados por la introducción de los ciber-electrónicos han hecho necesarios esos empleos para mantener a la familia. Cada vez más, estos mismos desarrollos tecnológicos están borrando las diferencias físicas entre el trabajo de las mujeres y de los hombres. Las mujeres están mejor educadas y, tienen acceso a ocupaciones que alguna vez fueron del dominio exclusivo de los hombres. 

    Al igual que otros grupos oprimidos, las mujeres se integran cada vez más a diferentes clases sociales de la sociedad. Las mujeres están más representadas dentro de los mayores círculos elitistas del mundo corporativista y político. Y es que el poder ideológico de la supremacía masculina no solamente se basa en la habilidad de la clase en el poder para imponer subordinación económica y social a las mujeres sino, también por su capacidad de dar a los hombres los medios que les aseguran superioridad social y particularmente superioridad económica sobre las mujeres. Este proceso ha tomado formas diferentes de acuerdo a la posición de clase, a los periodos de la historia y, en nuestro país, de acuerdo al color. 

     El día de hoy, vemos que no solamente es "el empleo" y su rol en estabilizar la ideología de la supremacía masculina lo que se destruye sino, también la red entera de relaciones que compone a la sociedad. La familia, la crianza de los hijos, los roles específicos de los hombres y las mujeres--estos ya no sirven en un mundo donde el trabajo humano ya no se necesita. Este proceso está afectando a millones de hombres y mujeres, trastornando su sentido de si mismos, su relación con los otros y con la sociedad entera. Esto no es que digamos que la ideología de supremacía masculina ya no existe o que desaparecerá algo así como por magia. Esto significa que la base material para la existencia de todas las ideologías existentes se está destruyendo, abriendo las posibilidades para la unidad de clase en un modo que antes no habíamos conocido en la historia. 

    La nueva clase emergente enfrenta problemas prácticos y reales de sobrevivencia- vivienda, atención médica, agua y alimento. En la lucha por éstas demandas la clase se verá obligada a confrontar ideologías atrazadas, batallar para deshacerse de todo lo que se oponga en su camino y, levantar nuevas ideologías para promover sus objetivos de una sociedad mejor. 

    El machismo constituye un fenómeno multidimensional, en el cual se hayan imbricados tantos factores y de tan diversa índole. El machismo está presente en todos los aspectos de nuestra interacción tanto de hombres con mujeres, hombres con hombres, mujeres con mujeres. Todas nuestras definiciones son androcéntricas, inclusive las que utilizan las mujeres para definirse a sí mismas. El machismo, entonces vendría a ser una construcción cultural, basada en la historia de la evolución de la socialización de los roles de género, en esencia es un modo particular de concebir el rol masculino basado en el mito de la superioridad de los hombres por sobre las mujeres y en la autoridad que “por derecho propio” tiene sobre ellas. 

    También es parte del machismo el uso de cualquier tipo de violencia contra las mujeres con el fin de mantener un control emocional o jerárquico sobre ellas. De hecho, el machismo es considerado como una forma de coacción no necesariamente física, sino psicológica, siendo esta forma de expresión protectora una discriminación, ya que se ven subestimadas las capacidades de las mujeres alegando una mayor debilidad. El machismo, asimismo, castiga cualquier comportamiento femenino en los varones, lo que es la base de la homofobia. 

     El machismo ha sido un elemento de control social y explotación sexista en muchas culturas. Algunos factores que han contribuido a su supervivencia y continuidad son: 

a) Leyes discriminatorias hacia la mujer:
  • Diferencia de tratamiento en el caso del adulterio: en algunas culturas, el adulterio, o el embarazo previo a la concertación del matrimonio son castigadas con la pena capital. 
  • Necesidad del permiso del varón para realizar actividades económicas. 
  • Negación del derecho a voto o de otros derechos civiles 
b) Educación machista: evidenciada desde las escuelas y la propia familia, por el cual el proceso de enculturación trata de justificar y continuar el orden social existente. Eso incluye consideración de valores positivos la sumisión al marido, el matrimonio y la procreación como una forma preferente de autorrealización. 

c) Discriminación en el ámbito religioso: Como señala Alberdi (2005), las religiones que se han desarrollado en las sociedades occidentales incorporan la idea de inferioridad de las mujeres y justifican la violencia sobre ellas. En la tradición judeocristiana, que tendrá una influencia enorme en nuestra cultura, se insiste en los rasgos de superioridad del hombre, a la vez que se refuerza sistemáticamente la idea de inferioridad y dependencia de las mujeres. La sociedad occidental se hizo aún más patriarcal con la extensión de religiones monoteístas como son la judía y la cristiana. Con la creencia en un solo dios, masculino y todopoderoso, las mujeres desaparecen de los templos y de los ritos y sacrificios religiosos, espacio en el que habían tejido un cierto protagonismo. Alberdi agrega algo más:

Los símbolos asociados a lo femenino se degradan y paulatinamente se van asociando al mal, a la destrucción y al pecado. La encarnación inicial del pecado es Eva, la primera mujer que provoca la expulsión del paraíso para el resto de los mortales. Por culpa de Eva, Adán y todos sus hijos se ven condenados.  En el texto común de las religiones judía y cristiana, el Antiguo Testamento, se narran numerosas historias de sometimiento e inferioridad femenina, aunque es principalmente a través de las interpretaciones de los textos sagrados como se va elaborando una doctrina que separa cada vez más a hombres y mujeres, desvaloriza todo lo femenino y representa a las mujeres como portadoras de peligros y ocasiones de pecado. (p.31).
     Entre los grupos judíos y cristianos más ortodoxos encontramos incluso hoy, de un modo similar, la segregación drástica de los espacios y la prohibición de que las mujeres accedan a numerosos ritos religiosos. Las prácticas exageradas de purificación femenina y la connotación de contaminación del encuentro sexual entre el hombre y la mujer alcanzan sus cotas más elevadas en estas religiones. 

      La doctrina y las normas que la Iglesia católica ha dedicado al matrimonio y a las relaciones entre hombres y mujeres están en consonancia con esa misoginia inicial de los textos sagrados: «Esposa te doy, que no esclava», dice el sacerdote al hombre en el ritual del matrimonio católico. La sola mención de la esclavitud en el momento del matrimonio conlleva una imagen de subordinación para la mujer. Decir que la esposa no ha de ser esclava implica a la vez dos mensajes: que es necesario negarlo porque muchos de los contrayentes así lo piensan, y que lo más cercano a la posición de la mujer en el matrimonio es la esclavitud. La declaración ritual del matrimonio católico, con la connotación de propiedad de la esposa que trasmite, establece una relación de fuerte desigualdad entre los cónyuges, estando ella obligada a obedecer mientras que a él se le invita a no ser excesivamente tirano en su autoridad. 

d) División sexista del trabajo: Esto supone básicamente se prefieren a otros hombres en puestos decisorios. Originalmente la división sexista se fundamentó en la diferente capacidad física y muscular, en la que los hombres tenían ventaja comparativa; En cambio, en la sociedad actual la fuerza física perdió importancia, mientras que las capacidades intelectivas y las habilidades sociales fueron ganándola, lo que ha contribuido a la incorporación de muchas mujeres al trabajo asalariado. También se refiere a un pago de salario menor a las mujeres que a los hombres a cambio del mismo trabajo. El comportamiento sexista se debe a los prejuicios cognitivos de efecto Halo respecto a la fuerza, efecto de carro ganador, y a otros efectos como falsa vivencia por parte de los que quieren mantenerlo, que más tarde se convierten en falacias de apelar a la tradición, falacia por asociación y generalizaciones apresuradas. 

e) Los medios de comunicación y la publicidad sexista: Esto se ve reflejado al realzar ciertas conductas o modelos como siendo los más adecuados o típicos de las mujeres. Precisamente, la investigación de Favero (1992), analiza sobre los efectos de la publicidad sexista el cual menciona el uso de la imagen de la mujer como objeto sexual, y su encasillamiento en roles que refuerzan su condición de inferioridad en la sociedad. De esta forma, se puede apreciar tres modalidades: 
  • Explotación del cuerpo de la mujer o de algunas de sus partes, para promover la venta de un bien o servicio.
  • Mostrar a la mujer como un ser preocupado tan solo de su aspecto personal, vinculando este hecho con su éxito social. 
  • Identificación de la mujer con lo que se vende. (Por ejemplo: "la rubia que nos gusta", "la negra más sabrosa", en la venta de cerveza). 
   La investigadora afirma además, que este enfoque de la publicidad, “influye de manera importante en la percepción que las mujeres van construyendo sobre si mismas, ya que se les condiciona a identificarse con determinados modelos de belleza, con relación al color de pelo, de tez, contextura” (p.20). Así, estas formas parceladas y alienantes de la supuesta identidad de la mujer que proyectan los medios, tienen un camino de ida y vuelta, pues afecta a las mujeres, pero también a los hombres quienes van construyendo una imagen distorsionada de ellas. También repercute en el consumo de productos de belleza y de servicios relacionados con la estética, a la que se vende imagen y producto. 

   En ese contexto, Favero sostiene la importancia de mantener un control mixto de la publicidad, pero no tal como existe en la actualidad, sino incorporando cambios a nivel de procedimiento, o creando un organismo que siendo el encargado de velar por el cumplimiento de las normas, tenga un carácter plural, es decir que incorpore también a organizaciones de mujeres y de consumidores, así como a los representantes de los medios de comunicación en la conformación del mismo, garantizando la existencia de contenidos realmente constructivos y exentos de toda discriminación. 

     En conclusión:


   Hemos visto que la superioridad masculina y machismo engloba el conjunto de actitudes, conductas, prácticas sociales y creencias destinadas a justificar y promover el mantenimiento de actitudes discriminatorias contra las mujeres y contra hombres cuyo comportamiento no es adecuadamente "masculino" a los ojos de la persona machista, el hombre cree que es el único inteligente y capaz. Debe quedar en claro, en todo caso, que hoy estamos en condiciones de pensar que no son los factores biológicos los que limitan la participación de la mujer, sino que son factores socioculturales los que están incidiendo con gran fuerza.
     De lo expuesto, notamos la importancia del término “equidad” el cual contiene y considera a la diferencia. Y es que la equidad entre géneros propone la convivencia en la diversidad y no la totalización de la vivencia humana. Por eso es que no se habla de igualdad. Mujeres y varones no somos iguales. Establecer la diferencia en términos de importancia o calidad, de mejores y peores, de más o de menos, es reproducir la jerarquización de nuestro pensamiento. Todo individuo o grupo social tiene que gozar la libertad a su modo y con sus particularidades, según lo considere. Y la libertad es asunto de todos en vistas del vínculo y no de la expansión.

Referencias
Alberdi, I. (2005). “La religión apoya la idea de superioridad masculina”. En: Violencia, tolerancia cero. Barcelona: Fundación La Caixa.
Favero, R. (1992). “La Convención: un arma para la defensa de nuestra imagen en la publicidad”. Lima: DEMUS: Derechos de la Mujer. Gráfica Educativa Tarea.
Fernández, A. (2002). “Estereotipos y roles de género en el refranero popular: charlatanas, mentirosas, malvadas y peligrosas: proveedores, maltratadores, machos y cornudos”. 1era edición, Barcelona: Anthropos.
Harris, M. (1985). “Caníbales y reyes: el origen de la cultura”. España: Salvat editores.

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